El uso de los llamados “dichos” o “dicharachos”, dentro del lenguaje forma parte de la comunicación entre los seres humanos. Los cubanos no están ajenos a tal fenómeno y pudieran aportar todo un tratado en la materia. No importa dónde estén, cuál sea su procedencia, formación académica, cultura o estrato social. Pudiera considerarse como una característica inherente a la nacionalidad, de fuerte arraigo en el habla popular, y de alguna manera constituye algo así como un gen común cuando del idioma se trata.
Aun cuando estas herramientas idiomáticas no estén presentes permanentemente durante una conversación entre personas nacidas en la isla caribeña, existe algún momento en el cual hacen su aparición por cualquier motivo. Casi siempre son simpáticos y detrás de ellos existe una historia que los sustenta y justifica. Aquí van algunos de ellos, bastante extendidos y que la generalidad entendería como aparece consignado entre paréntesis:
Es calcañal de indígena. Camina con los codos. (Es tacaño)
Dale pirey (Bótalo, dile que se vaya, elimínalo)
Eres más rollo que película (Eres tremendo alardoso)
Saca el cloche y desembucha (Déjate de rodeos, concreta y habla).
Es mala chicha. (Es mala persona)
Hoy tiene el moño virado. (Está de mal humor)
Es novenero (a). Lo mismo apunta que banquea (Es bisexual)
Cantó el manisero. (Se murió)
Le cayó comején al piano. (La situación se puso mala por cualquier motivo)
Está quimba’o. (Está demente, enloqueció)
Empina el codo: (Es adicto al alcohol)
Tiene tremendo desamparo textil . (Está escaso de ropa)
Se da lija. (Se cree importante)
Es bambollero . (Presume de lo que no tiene)
Se hace el largo. (Se demora en cumplir con algo o alguien)
Metió la pata (Se equivocó)
Se mantuvo en sus 13 ( Permaneció intransigente)
Estar en la fuácata. Estar bruja (carecer de dinero.
Hay más, por supuesto, y las condiciones propias de la vida, el desarrollo tecnológico, otros avances y circunstancias, aportan lo suyo en este fenómeno sobre el cual seguiremos tratando.
Litoral
Signada por la presencia de su bahía, Cienfuegos es punto de referencia por las características que la distinguen del resto de las ciudades cubanas. Desde este LITORAL de donde surgiera una urbe de reminiscencias francesas desde el mismo acto fundacional, en 1819, una cienfueguera le invita a compartir pareceres sobre el acontecer de este rincón caribeño.
lunes, 25 de febrero de 2013
Una transfusión de sangre para el dolor de muelas
No pude evitar escuchar la conversación, y quedarme de piedra ante las propuestas que el paciente le hacía el estomatólogo. Quizás no estuvieran desacertadas sus sugerencias, pero resultaba insólito el irrespeto hacia la capacidad del galeno. Tal vez el profesional de la Salud pudiera haber pensado qué hacía aquel “dechado de sabiduría” en su consulta; suponer algo así como “él quiere que lo cure, pero me considera un inepto”, o en su perplejidad ante tanta igno/arrogancia, esperar a que le solicitara una transfusión de sangre para el dolor de muelas.
Es una muestra de cómo los cubanos (¿o los humanos?) seguimos pensando, y convencidos, además, de que nos las sabemos todas. Conocemos de medicina, de pelota, política, economía, leyes, religión, arte, sociología, semiótica, filosofía, ¡epistemología! ...y también de periodismo.
Lo peor es que casi siempre creemos tener la razón, mientras pasamos por encima de las razones que tienen los expertos para obrar de una manera u otra, según su competencia. Imagine que cualquier “iluminado” de tal naturaleza trate de orientarle a un ingeniero civil cómo levantar un puente o a un astronauta el modo de bojear la luna.
Quien suscribe solo podrá ilustrar experiencias en lo concerniente a la prensa, y le sobran ejemplos para demostrar que en esta ínsula, la mayoría está convencida de tener algo de periodistas. Durante décadas en el ejercicio pude haber anotado cada una de las “orientaciones” provenientes de los colegas empíricos; algunas con sustento; otras salpicadas de dudosas intenciones y con más dobleces que un abanico de papel; las demás centradas en el concepto de que el periodismo es el azote de la sociedad y casi la totalidad (conciente o inconcientemente) indicando SOBRE QUÉ y CÓMO debe escribir un periodista, en postura irrespetuosa hacia la profesionalidad, la capacidad intelectual, el discernimiento para elegir el modo de ejercer su oficio.
“Y…¿ porqué no escribes que Tal establecimiento lleva 10 minutos de retraso en abrir, a ver…? Mi tolerancia (también mi paciencia y la costumbre de escuchar lo mismo de lo mismo) me impidió responderle con preguntas, como por ejemplo, si estaba convencido (a) de que el “mega acontecimiento” en cuestión pudiera interesarle a la prensa; si ya agotó los caminos con el administrador del centro, la dirección del sector al cual pertenece y otros canales para encontrar una respuesta o una solución al asunto. Y… ¿por qué no dices que…? Y… ¿por qué no comentas sobre…?. ¿A que no te atreves a contar ahí…? O también: “ponle un título así grande donde se lea… “
Todavía peor es la insistencia de: “ven y mira esto para que lo ‘saques’ en ‘TU’” periódico. Tal vez no sean capaces de pensar siquiera, que puedo estar faltando a la ética si me introduzco donde no debiera; pero tampoco lo haría porque no me motiva el tema; no me interesa; no clasifica como oportuno; lo considero un reverendo disparate; no se ajusta a la línea editorial de “MI” periódico,…Hay muchas razones más que el preguntador/ sugerente debiera plantearse, y se las voy a dejar como tarea.
Personalmente, prefiero ciertos temas, y dentro de ellos abordo, trato y planteo los que yo quiera. Nadie me ha obligado nunca a escribir lo que no deseo; aunque haya algunos que lo pongan en duda. La ignorancia sobre la prensa cubana e internacional no es patrimonio exclusivo de unos cuantos, abunda bastante por ahí.
Todo lo anterior para llegar a este punto: A quienes me cuestionan con insistente insistencia el motivo por el cual no critico la telenovela cubana que pasan en la actualidad, les debo una respuesta sencilla: no estoy en condiciones de lastimar mis neuronas. Santa María del Porvenir, estaría llena de buenas intenciones cuando fue concebida, pero acerca de ella nadie verá una letra de mi parte. De soslayo, puedo aclarar que tampoco lo haría con la puesta argentina de las tres de la tarde (cruelmente retransmitida a las once de la noche) e ideada para cerebros de un solo carril.
Hace unos meses y cuando aún estaba por concluir, ejercí mi criterio sobre Passione, aquella telenovela brasileña antecesora de la actual, cuyo título (el de mi comentario) hacía referencia a bostezos y vergüenzas…, y después de verla completa ratifico la opinión de entonces. Válida, pues, para los abarcadores e iluminados todos, una conocida sentencia: “Zapatero, a tus zapatos”, o esta otra, perteneciente a una canción infantil antigua y casi desconocida ya: “Antón, Antón pirulero, cada uno entiende su juego…”.
Es una muestra de cómo los cubanos (¿o los humanos?) seguimos pensando, y convencidos, además, de que nos las sabemos todas. Conocemos de medicina, de pelota, política, economía, leyes, religión, arte, sociología, semiótica, filosofía, ¡epistemología! ...y también de periodismo.
Lo peor es que casi siempre creemos tener la razón, mientras pasamos por encima de las razones que tienen los expertos para obrar de una manera u otra, según su competencia. Imagine que cualquier “iluminado” de tal naturaleza trate de orientarle a un ingeniero civil cómo levantar un puente o a un astronauta el modo de bojear la luna.
Quien suscribe solo podrá ilustrar experiencias en lo concerniente a la prensa, y le sobran ejemplos para demostrar que en esta ínsula, la mayoría está convencida de tener algo de periodistas. Durante décadas en el ejercicio pude haber anotado cada una de las “orientaciones” provenientes de los colegas empíricos; algunas con sustento; otras salpicadas de dudosas intenciones y con más dobleces que un abanico de papel; las demás centradas en el concepto de que el periodismo es el azote de la sociedad y casi la totalidad (conciente o inconcientemente) indicando SOBRE QUÉ y CÓMO debe escribir un periodista, en postura irrespetuosa hacia la profesionalidad, la capacidad intelectual, el discernimiento para elegir el modo de ejercer su oficio.
“Y…¿ porqué no escribes que Tal establecimiento lleva 10 minutos de retraso en abrir, a ver…? Mi tolerancia (también mi paciencia y la costumbre de escuchar lo mismo de lo mismo) me impidió responderle con preguntas, como por ejemplo, si estaba convencido (a) de que el “mega acontecimiento” en cuestión pudiera interesarle a la prensa; si ya agotó los caminos con el administrador del centro, la dirección del sector al cual pertenece y otros canales para encontrar una respuesta o una solución al asunto. Y… ¿por qué no dices que…? Y… ¿por qué no comentas sobre…?. ¿A que no te atreves a contar ahí…? O también: “ponle un título así grande donde se lea… “
Todavía peor es la insistencia de: “ven y mira esto para que lo ‘saques’ en ‘TU’” periódico. Tal vez no sean capaces de pensar siquiera, que puedo estar faltando a la ética si me introduzco donde no debiera; pero tampoco lo haría porque no me motiva el tema; no me interesa; no clasifica como oportuno; lo considero un reverendo disparate; no se ajusta a la línea editorial de “MI” periódico,…Hay muchas razones más que el preguntador/ sugerente debiera plantearse, y se las voy a dejar como tarea.
Personalmente, prefiero ciertos temas, y dentro de ellos abordo, trato y planteo los que yo quiera. Nadie me ha obligado nunca a escribir lo que no deseo; aunque haya algunos que lo pongan en duda. La ignorancia sobre la prensa cubana e internacional no es patrimonio exclusivo de unos cuantos, abunda bastante por ahí.
Todo lo anterior para llegar a este punto: A quienes me cuestionan con insistente insistencia el motivo por el cual no critico la telenovela cubana que pasan en la actualidad, les debo una respuesta sencilla: no estoy en condiciones de lastimar mis neuronas. Santa María del Porvenir, estaría llena de buenas intenciones cuando fue concebida, pero acerca de ella nadie verá una letra de mi parte. De soslayo, puedo aclarar que tampoco lo haría con la puesta argentina de las tres de la tarde (cruelmente retransmitida a las once de la noche) e ideada para cerebros de un solo carril.
Hace unos meses y cuando aún estaba por concluir, ejercí mi criterio sobre Passione, aquella telenovela brasileña antecesora de la actual, cuyo título (el de mi comentario) hacía referencia a bostezos y vergüenzas…, y después de verla completa ratifico la opinión de entonces. Válida, pues, para los abarcadores e iluminados todos, una conocida sentencia: “Zapatero, a tus zapatos”, o esta otra, perteneciente a una canción infantil antigua y casi desconocida ya: “Antón, Antón pirulero, cada uno entiende su juego…”.
domingo, 24 de febrero de 2013
Atrincherarse
Le escuché el término a una estimadísima colega hace unos años, y quedé convencida de que constituye una metáfora más sensorial que literaria, y enuncia en sí misma un concepto, un modo de asumir la realidad, una filosofía de vida. El súmmum de lo ilustrativo.
Atrincherarse, figurativamente hablando, no es tanto defenderse de algo o alguien; tampoco esa zanja defensiva que permite disparar a cubierto del enemigo. Es permanecer en un estado de terquedad impenetrable imposible de variar ni con las más acendradas y fundamentadas razones acerca de una idea, opinión, juicio o creencia preconcebidos de antemano.
Una sola palabra, o para ser más puntuales, “ese verbo reflexivo”, puede definir cómo alguien es capaz de plantar bandera a como dé lugar sin escuchar argumentos; despreciar la lógica, el raciocinio y sobre todo, el entendimiento. Es persistir y regodearse en el error a pesar de lo obvio, y desde esa posición armarse hasta los dientes de tozudez a ultranza y disparar en redondo con calibre grueso y en cualquier dirección.
Los atrincherados tienen un temperamento común que en ocasiones no es explícito, pero se intuye que detrás de sus máscaras (todos los humanos de alguna manera las llevamos) hay escondida una bazuka presta a vomitar fuego: “Yo siempre tengo la razón y nunca estoy equivocado”; “Ni se te ocurra tratar de convencerme de lo contrario”; “No malgastes saliva, pues mi criterio es el que vale”; “ Si estás creyendo que sabes más que yo, te voy a demostrar lo contrario y te vas a quedar en esa…”
Intentar un acuerdo, es poco menos que un acto de lesa ofensa para quienes detrás del hoyo empedrado e imaginario donde se encuentran agazapados y armados hasta el pelo, esperan a la defensiva la aparición de una reflexión juiciosa, cuando esta última no es coincidente con las suyas. Si el atrincherado tiene ciertas ventajas sobre el adversario, no hay ni que enfrentarlo, mucho menos convencerlo; el primero vencerá sin que medie más que una mirada con la cual podrá expresar sin palabras: “!si-len-cio!”.
Hasta los niños se atrincheran; pero a ellos, faltos de experiencia, y muchos cargados de abundantes dosis de malacrianza y otras lindezas, pueden hasta quedarles graciosas ciertas posturas de terquedad defensivo/vanidosas. A los ancianos, por su parte, no queda otra que perdonarles tales actitudes, aun cuando el campo de batalla sea una cola, donde algunos son expertos en el enredo para sacar provecho de la situación. Los años vividos, con sus dulces y sus amargos, les otorgan esa prerrogativa, y nada mejor que “hacerse de la vista gorda” con ellos.
Pero al resto, poco los justifica. Son responsables del deterioro de las relaciones humanas; de variar la opinión respecto a su persona cuando los descubrimos detrás de una trinchera de obstinación injustificada. Entorpecen el entendimiento, dejan de fluir las comprensiones, se interrumpe el diálogo que mueve a la perfección y el progreso.
Son el conocimiento, el crecimiento humano, el desarrollo, el intelecto, la inteligencia y el raciocinio los mayores perdedores en esta batalla, o mejor, quienes se empeñan en cerrarles el paso a lo evidente. No vale para este tipo de pose la frase martiana de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, porque no hay que ser un genio para percatarse de que no se trata de las mismas trincheras. Las del Apóstol, las de los humanos con juicio, madurez sicológica y emocional, están del lado opuesto.
Resulta casi un desafío atrevernos a ser sabios y sumergirnos en las trincheras filosóficas del más universal de los cubanos; a deponer armas inútiles; asumir el diálogo con inteligencia y situarnos del lado de los grandes de pensamiento y sentimiento, apegados a quienes fundan y crean, seducidos por la certeza de que abrir la mente a la tolerancia no menoscaba la dignidad, sino abre espacio a la sabiduría, la experiencia, el ennoblecimiento, la generosidad y la riqueza de espíritu. .
Atrincherarse, figurativamente hablando, no es tanto defenderse de algo o alguien; tampoco esa zanja defensiva que permite disparar a cubierto del enemigo. Es permanecer en un estado de terquedad impenetrable imposible de variar ni con las más acendradas y fundamentadas razones acerca de una idea, opinión, juicio o creencia preconcebidos de antemano.
Una sola palabra, o para ser más puntuales, “ese verbo reflexivo”, puede definir cómo alguien es capaz de plantar bandera a como dé lugar sin escuchar argumentos; despreciar la lógica, el raciocinio y sobre todo, el entendimiento. Es persistir y regodearse en el error a pesar de lo obvio, y desde esa posición armarse hasta los dientes de tozudez a ultranza y disparar en redondo con calibre grueso y en cualquier dirección.
Los atrincherados tienen un temperamento común que en ocasiones no es explícito, pero se intuye que detrás de sus máscaras (todos los humanos de alguna manera las llevamos) hay escondida una bazuka presta a vomitar fuego: “Yo siempre tengo la razón y nunca estoy equivocado”; “Ni se te ocurra tratar de convencerme de lo contrario”; “No malgastes saliva, pues mi criterio es el que vale”; “ Si estás creyendo que sabes más que yo, te voy a demostrar lo contrario y te vas a quedar en esa…”
Intentar un acuerdo, es poco menos que un acto de lesa ofensa para quienes detrás del hoyo empedrado e imaginario donde se encuentran agazapados y armados hasta el pelo, esperan a la defensiva la aparición de una reflexión juiciosa, cuando esta última no es coincidente con las suyas. Si el atrincherado tiene ciertas ventajas sobre el adversario, no hay ni que enfrentarlo, mucho menos convencerlo; el primero vencerá sin que medie más que una mirada con la cual podrá expresar sin palabras: “!si-len-cio!”.
Hasta los niños se atrincheran; pero a ellos, faltos de experiencia, y muchos cargados de abundantes dosis de malacrianza y otras lindezas, pueden hasta quedarles graciosas ciertas posturas de terquedad defensivo/vanidosas. A los ancianos, por su parte, no queda otra que perdonarles tales actitudes, aun cuando el campo de batalla sea una cola, donde algunos son expertos en el enredo para sacar provecho de la situación. Los años vividos, con sus dulces y sus amargos, les otorgan esa prerrogativa, y nada mejor que “hacerse de la vista gorda” con ellos.
Pero al resto, poco los justifica. Son responsables del deterioro de las relaciones humanas; de variar la opinión respecto a su persona cuando los descubrimos detrás de una trinchera de obstinación injustificada. Entorpecen el entendimiento, dejan de fluir las comprensiones, se interrumpe el diálogo que mueve a la perfección y el progreso.
Son el conocimiento, el crecimiento humano, el desarrollo, el intelecto, la inteligencia y el raciocinio los mayores perdedores en esta batalla, o mejor, quienes se empeñan en cerrarles el paso a lo evidente. No vale para este tipo de pose la frase martiana de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, porque no hay que ser un genio para percatarse de que no se trata de las mismas trincheras. Las del Apóstol, las de los humanos con juicio, madurez sicológica y emocional, están del lado opuesto.
Resulta casi un desafío atrevernos a ser sabios y sumergirnos en las trincheras filosóficas del más universal de los cubanos; a deponer armas inútiles; asumir el diálogo con inteligencia y situarnos del lado de los grandes de pensamiento y sentimiento, apegados a quienes fundan y crean, seducidos por la certeza de que abrir la mente a la tolerancia no menoscaba la dignidad, sino abre espacio a la sabiduría, la experiencia, el ennoblecimiento, la generosidad y la riqueza de espíritu. .
jueves, 19 de abril de 2012
Cubano de las grandes causas, ¿dónde escondes las pequeñas?
No sé si habrá en el mundo humano más humano que el cubano…, con redundancia, cacofonía y todo. Capaz de desgarrarse en obras por el bien del prójimo, que a un desconocedor de la idiosincrasia de quienes nacimos en esta ínsula, dejaría atónito. Uno de esos titanes, es el colega José Alejandro Rodríguez, capaz de escalar a la cima de lo imposible desde su columna Acuse de Recibo en el periódico Juventud Rebelde. Sin cansancio, Pepe se entrega completo, indaga, denuncia, critica, se desgarra en sentimiento, pasión y gestiones …¡resuelve…!, pero es preciso ver cuántos hijos de esta tierra lo siguen y respaldan en su cruzada.
Una madre le escribió hace poco para denunciar el maltrato recibido en cierta unidad de salud en una provincia oriental y la desatención de su niño inmunodeficiente, después de un azaroso viaje de 60 kilómetros. Al leer la queja, aparecida en la edición digital de JR, un médico criticó la actitud de su colega, se brindó desinteresadamente para atender al paciente y detalló dónde podía ser localizado para ello. En la capital, una persona brindó su casa para que el enfermo fuera tratado allá.
Es esa sección una especie de espejo de cuanto somos capaces, nosotros, los cubanos; los adalides de las grandes causas, pero también los paladines de la mezquindad cuando de causas menores se trata.
Detesto (como pretenden algunos) culpar a la mezcla de sangres en este defecto que nos sume en un pantano de miserias humanas. O, sea, la reunión de genes españoles, africanos, chinos y demás, que ha convertido a la picardía en una filosofía en gran parte del temperamento nacional.
Capaces de dar sangre y vida por cualquiera, esos mismos, pueden actuar con tremendo cinismo cuando de perjudicar a otro se trata, ya sea para obtener un beneficio mínimo, que para quitarse un problemita de encima y echarle la culpa a un inocente. Hay expertos en este ejercicio.
Los débiles, tal vez los más decentes, los menos agresivos o bien intencionados, (usted tiene toda la libertad para añadir adjetivos) salen perdiendo en la jugada, quizás por aquello de que pretender un enfrentamiento con la casi siempre prepotente contraparte, le puede ocasionar consecuencias sin límites…, porque hasta la violencia puede aportar lo suyo aquí. La fatídica frase de “lo mío primero” añade vitriolo a la cuestión y catapulta el individualismo hasta la estratosfera.
Tal fenómeno es diverso y pluriambiental… El cubano de las grandes causas se convierte en un canalla cuando llega a una cola y en el mejor de los casos le dice a quien está comprando: “sácame ahí…”, porque puede ser peor si se cuela o pone malo el entorno para extraerle provecho a la situación. ¿Y el respeto que merece el resto de la fila que aún espera por su turno? Bien, gracias.
El cubano de las grandes causas puede volverse un ratero tras un mostrador mientras le sisa unos centavos al cliente “porque no tengo vuelto”; saca la cabeza por la ventanilla de la guagua para que la embarazada siga de largo y resuelva su problema en otro lugar; le agrega mayor cantidad de agua al refresco que cobra como de primera; con un pase mágico deja la bola de helado hueca; le “tumba” media libra a la mercancía que oferta; se hace el bobo para no reparar el daño que le causó a tu casa cuando construyó la suya; barrió para tu patio la basura que limpió del suyo; es incapaz de reconocer cuándo el producto que expende no cumple con los parámetros de calidad mínimos; esconde las zanahorias podridas dentro del mazo donde hay algunas sanas; madura a puro carburo la mano de plátano, so pena de expandir el cáncer como pandemia para echarse dinero rápido en el bolsillo; le desgarra el prestigio a “ese atravesa’o”…
¿Sigo? Para qué. Me parece estar viendo a ciertas víctimas asentir mientras leen esto; a los pícaros esbozando “una cierta sonrisa” (con la venia de Françoise Sagan); a los pesimistas afirmando: “eso no tiene remedio”; y a los optimistas, apostando fuerte para que los cubanos no dejen de ser jamás los campeones de las grandes causas y saquen las pequeñas del escondite.
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cubano
sábado, 3 de marzo de 2012
Se queda en el aula la educadora eterna
De no haber partido este 29 de febrero, bondadosa y humilde, como transcurrió su vida, quienes la conocimos pudiéramos concederle sin temores el atributo de la educadora eterna.Más de siete décadas ante las aulas, sin otro interés que no fuera el gusto más puro por enseñar, resultan suficientes para ganar ese título que le otorgaron al unísono varias generaciones de cienfuegueros, a quienes entrenó en el arte de las letras y los números.
Gladys Adelaida Bradley Ballina nació en 1922 con el talento y la vocación de maestra ungida de rigor ignaciano, sonrisa inagotable y paciencia a toda prueba. Desconocía el enojo frente el alumnado, tal vez por el hecho de que los "muchachos me hacen vivir", como comentó en cierta conversación o porque le fascinaba su oficio de hacedora de gentes, y a su modesto decir, no sabía otra cosa que dar clases.
Fue el 1ro. de octubre de 1940 cuando recibió la prueba de fuego como pedagoga pertinaz, y en 1988 creyó que había llegado la hora del retiro. Pero la casa le quedaba grande, ansiaba el bullicio escolar como vitamina para el espíritu y le rejuvenecía saberse útil otra vez. Por eso acudió al llamado de reintegrar a los educadores jubilados a la Enseñanza Primaria, y allá fue, con la emoción del principiante y el júbilo de quien comienza de nuevo.
El trayecto desde su casa hacia la Escuela Primaria Guerrillero Heroico, de Cienfuegos, adivinaba su presencia en cada paso, día tras día, de ida y de vuelta, bajo el calor más tórrido, el benévolo frío caribeño o la lluvia, que recibía caminando despacio, sin sombrillas u otro artilugio protector.Descubrí que prefería el olor de los materiales escolares a las flores, cuando con la naturalidad que otorga la sabiduría misma, hablaba un poco en broma y otro en serio, sobre la posibilidad de abandonar el mundo de los vivos en cualquier oportunidad: "Cuando me muera, quisiera una libreta y un lápiz sobre mi ataúd".
De modo que no habrá tristeza por una partida que se nos antoja irreal, ni obituarios que abarquen toda su nobleza, ni despedida capaz de borrar su imagen entre quienes la conocimos y la conocerán en lo adelante.
Seguirá Gladys ahí, tras una nube de anécdotas inolvidables, en cada aula, andando y desandando el camino entre el hogar y la escuela, como la educadora eterna.
viernes, 3 de febrero de 2012
¿Histerectomía por vía endoscópica en Cienfuegos? Sí, y con éxito
Emma Sofía MORALES
Fotos: Alexis Pire Rojas
… dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Miguel Hernández
El Doctor Alberto Jorge Fernández,
jefe del Grupo Nacional de Cirugía
Endoscópica Ginecológica
A punto de salir en estampida del quirófano y con el pánico estrujándole la garganta, la paciente se abandonó al equipo de expertos que le practicaría una histerectomía total por vía endoscópica, la de mayor complejidad entre las realizadas por ese proceder en la rama ginecológica. Cirujanos, anestesiólogos, personal de enfermería especializado se alistaban para intervenir. Piernas vendadas para evitar trombos,…vena canalizada…, mesa de cirugía…, careta de gas… Luego, la nada…
El Doctor Alberto Jorge Fernández parece no tener prisa nunca y toda la paciencia acumulada en una sonrisa. Se mueve seguro, reconoce, explica, detalla, esclarece dudas y rezuma confianza mientras ejerce su profesión. Para este especialista en Ginecobstetricia desde hace dos décadas el reloj pierde su oficio cuando se dilata el número de mujeres que demandan su pericia, y si de cirugía ginecológica por mínimo acceso se trata, su nombre suena alto en Cienfuegos y más allá de sus fronteras. Traspone el umbral del quirófano como si de un santuario se tratara, dispuesto a ejercer un acto sagrado. Y sin dudas, lo es.
El pulso, la mente y el corazón puestos en la técnica que maneja con destreza de ilusionista y todo el arte de quien tocara un instrumento de cuerdas. Ahí está agazapado todo el enigma.
Todavía hay quienes se asombran cuando conocen que el útero pue
de ser extirpado en su totalidad por técnica laparoscópica, alternativamente con el método tradicional o laparotomía; pero para el también jefe del Grupo Nacional de Cirugía Endoscópica Ginecológica, tal intervención no esconde el menor secreto. Tampoco lo es el hecho de que esta provincia es la única fuera de la capital en realizar con éxito esa práctica desde 2004. Y eso, constituye un privilegio.
“Existen múltiples causas para efectuar una histerectomía: cáncer del cuello cérvico uterino o del endometrio, miomas o fibromas, entre otros, explica Jorge Fernández. Para las de este tipo se aplica anestesia general y de modo laparoscópico el cirujano realiza su trabajo. Tiene la ventaja de ver en la pantalla el campo quirúrgico aumentado 20 veces su tamaño. Finalmente, el útero es extraído por vía vaginal.
La mayoría desconoce que los beneficios de esta técnica con respecto a una operación con el abdomen abierto sobrepasa a esta última con creces.
“Sí, en casi todos los aspectos, porque las complicaciones o no existen o son mínimas. El hecho de no reportar ni una sola fallecida por esa causa demuestra que es un método muy seguro. Se reduce la agresión biológica al minimizar el acceso al área quirúrgica, evita la aparición de adherencias abdominales, disminuyen las complicaciones transoperatorias y postoperatorias, y desde el punto de vista estético resulta mejor. A esto debo agregar que el tiempo de recuperación es menor, y el sistema inmunológico sufre poco al ser pequeño el proceso de cicatrización. La única desventaja con respecto a la otra práctica es que es mayor el tiempo de duración”.
“Por supuesto, porque ha de tenerse en cuenta que la paciente no necesita ser hospitalizada con anterioridad, ni requiere de una preparación previa dentro de la unidad de salud; se abrevian los índices de estadía hospitalaria, la cual no rebasa las 24 horas después de la operación; disminuye la utilización de material gastable, como sutura, transfusiones sanguíneas y también el uso de antibióticos, pues es casi inexistente el riesgo a contraer algún tipo de infección”.
Presupongo dónde radica la mayor tensión para una paciente que será sometida a una operación ¿y para el cirujano?
“El momento más difícil es el que antecede a la cirugía, sobre todo cuando no hay total claridad del diagnóstico, pero está otro que recompensa cualquier inquietud: la satisfacción de ver a la paciente recuperada.
Abrió los ojos y esperó con resignación el dolor postoperatorio que por lógica debía llegar y nunca llegó, ni las molestias imaginadas, mientras el tiempo transcurrido desde la intervención le pareció demasiado corto cuando el Doctor Alberto Jorge le indicó: “siéntate, camina, tienes dieta libre, en una semana retiraremos los 4 puntos y nos vemos dentro de 45 días para una reevaluación. Ya estás de alta”.
Fotos: Alexis Pire Rojas
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Miguel Hernández
El Doctor Alberto Jorge Fernández,
jefe del Grupo Nacional de Cirugía
Endoscópica Ginecológica
A punto de salir en estampida del quirófano y con el pánico estrujándole la garganta, la paciente se abandonó al equipo de expertos que le practicaría una histerectomía total por vía endoscópica, la de mayor complejidad entre las realizadas por ese proceder en la rama ginecológica. Cirujanos, anestesiólogos, personal de enfermería especializado se alistaban para intervenir. Piernas vendadas para evitar trombos,…vena canalizada…, mesa de cirugía…, careta de gas… Luego, la nada…
El Doctor Alberto Jorge Fernández parece no tener prisa nunca y toda la paciencia acumulada en una sonrisa. Se mueve seguro, reconoce, explica, detalla, esclarece dudas y rezuma confianza mientras ejerce su profesión. Para este especialista en Ginecobstetricia desde hace dos décadas el reloj pierde su oficio cuando se dilata el número de mujeres que demandan su pericia, y si de cirugía ginecológica por mínimo acceso se trata, su nombre suena alto en Cienfuegos y más allá de sus fronteras. Traspone el umbral del quirófano como si de un santuario se tratara, dispuesto a ejercer un acto sagrado. Y sin dudas, lo es.
El pulso, la mente y el corazón puestos en la técnica que maneja con destreza de ilusionista y todo el arte de quien tocara un instrumento de cuerdas. Ahí está agazapado todo el enigma.
Todavía hay quienes se asombran cuando conocen que el útero pue
de ser extirpado en su totalidad por técnica laparoscópica, alternativamente con el método tradicional o laparotomía; pero para el también jefe del Grupo Nacional de Cirugía Endoscópica Ginecológica, tal intervención no esconde el menor secreto. Tampoco lo es el hecho de que esta provincia es la única fuera de la capital en realizar con éxito esa práctica desde 2004. Y eso, constituye un privilegio.“Existen múltiples causas para efectuar una histerectomía: cáncer del cuello cérvico uterino o del endometrio, miomas o fibromas, entre otros, explica Jorge Fernández. Para las de este tipo se aplica anestesia general y de modo laparoscópico el cirujano realiza su trabajo. Tiene la ventaja de ver en la pantalla el campo quirúrgico aumentado 20 veces su tamaño. Finalmente, el útero es extraído por vía vaginal.
La mayoría desconoce que los beneficios de esta técnica con respecto a una operación con el abdomen abierto sobrepasa a esta última con creces.
“Sí, en casi todos los aspectos, porque las complicaciones o no existen o son mínimas. El hecho de no reportar ni una sola fallecida por esa causa demuestra que es un método muy seguro. Se reduce la agresión biológica al minimizar el acceso al área quirúrgica, evita la aparición de adherencias abdominales, disminuyen las complicaciones transoperatorias y postoperatorias, y desde el punto de vista estético resulta mejor. A esto debo agregar que el tiempo de recuperación es menor, y el sistema inmunológico sufre poco al ser pequeño el proceso de cicatrización. La única desventaja con respecto a la otra práctica es que es mayor el tiempo de duración”.
Pero visto desde lo económico sigue a la delantera con respecto al método tradicional.
“Por supuesto, porque ha de tenerse en cuenta que la paciente no necesita ser hospitalizada con anterioridad, ni requiere de una preparación previa dentro de la unidad de salud; se abrevian los índices de estadía hospitalaria, la cual no rebasa las 24 horas después de la operación; disminuye la utilización de material gastable, como sutura, transfusiones sanguíneas y también el uso de antibióticos, pues es casi inexistente el riesgo a contraer algún tipo de infección”.
Presupongo dónde radica la mayor tensión para una paciente que será sometida a una operación ¿y para el cirujano?
“El momento más difícil es el que antecede a la cirugía, sobre todo cuando no hay total claridad del diagnóstico, pero está otro que recompensa cualquier inquietud: la satisfacción de ver a la paciente recuperada.
Abrió los ojos y esperó con resignación el dolor postoperatorio que por lógica debía llegar y nunca llegó, ni las molestias imaginadas, mientras el tiempo transcurrido desde la intervención le pareció demasiado corto cuando el Doctor Alberto Jorge le indicó: “siéntate, camina, tienes dieta libre, en una semana retiraremos los 4 puntos y nos vemos dentro de 45 días para una reevaluación. Ya estás de alta”.
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viernes, 10 de diciembre de 2010
DEL MAGISTERIO A LA LEYENDA

Cuartero, el director del Pre
Por: Emma Sofía Morales
Habrá quienes impugnen sus métodos, mientras otros los sigan venerando tras el muro de años que separa al presente de lo que fuera el Instituto Preuniversitario Urbano Jorge Luis Estrada de Cienfuegos, pero es difícil que quien estuviera bajo su égida pueda olvidar a Rolando Cuartero.
Con una imagen bastante apegada a la del actor norteamericano Morgan Freeman, alto, delgado y de voz rajada, de impecable porte y personalidad de nervios recios Cuartero retorna desde lejanas reminiscencias con soplos de Quijote tropical hasta la contemporaneidad, deshaciendo entuertos en el escabroso oficio de moldear gente y fundar procederes poco ortodoxos en materia de enseñanza.
Si no, cómo entender que el alumnado le tuteara, aun cuando el respeto que sudaba junto con la camisa fuera capaz de paralizar con la mirada a una masa de hormonas inquietas e ideas plurales, decir “!cariño!” donde debía estar una reprimenda ejemplar, dejarlo claro todo con solo poner su mano sobre el hombro del transgresor o incrustar un vistazo penetrante y fijo, suplente infalible de las palabras, ante una infracción escolar. Logró así establecer un código de entendimiento recíproco, de esencias implícitas y silencios sobreentendidos que no necesitaban de derechos de autor para reconocerlos como suyos.
Anécdotas hay que lo convirtieron en leyenda, le agregaron fábulas más cercanas al mito que a lo veraz y legitimaron con una especie de tradición oral la certidumbre de hallarse ante la evidencia de lo cierto.
Quién no escuchó decir que Cuartero irrumpía de repente y rescataba a cualquiera de “sus muchachos” de la sala oscura de un cine, del bar de un reconocido hotel donde expendían junto con la elegancia limonada de a peso o de una fiesta de barrio, para sumergirlos en libros y libretas. Quién pudiera afirmar con precisión dónde
empiezan y dónde terminan lo real y lo imaginario que le imputaron notoriedad pedagógica entre generaciones enteras de cienfuegueros., que por encima de otra cosa le agradecen haberles enseñado a estudiar y aprender.Echó mano a la autoridad y la habilidad para llevar durante años al “Jorge Luis Estrada” a los primeros lugares entre los centros de su tipo en el país, ganarle juegos de baloncesto a quienes estuvieran dispuestos a retar al equipo del plantel, hacer cantar apasionadamente a todas las voces de la escuela, dotadas y no dotadas, en un acto masivo en el parque Martí, fraguar obras de teatro para los festivales de la FEEM, y blandir sin flaquezas un sistema formativo estricto y sin fisuras, que hoy día rinde frutos en cientos de profesionales, cincuentones ya. Quiénes de ellos pretenderán sin éxito escapar de la nostalgia ahora…
Cuántos reconocen hoy que le deben un código de valores sustentados en la decencia, el respeto y la vergüenza ejercido desde la autoridad y el liderazgo, repartido sin fatigas con mano firme y segura.
Inevitable encontrar a Cuartero, Hijo ilustre de Cienfuegos, en otros seguidores, cuando hoy el esmero por empujar los valores que se cocieron en “su Pre" rejuvenecen en los actuales preuniversitarios urbanos, alguno de los cuales podría llevar su nombre, retomados desde la cordura (situaciones económicas aparte) por mentalidades preclaras, encarnadas en la continuidad de sus directores, armados de razones, criterios y pasiones en el arduo camino de componer caracteres de bien, herederos del mismo sentido de unidad y pertenencia que le conocimos a Cuartero treinta años ha.
Después de más de ocho décadas de vida y un robusto historial como maestro, director, asesor de nacientes empeños, Cuartero se “fue tranquilo, se fue despacio” en el mayo de 2002, mientras dejaba tras sí multitud de pareceres, pero no indiferencia, porque fue un hombre coherente, consecuente consigo mismo y con su tiempo, soñador empedernido, legionario inveterado, hacedor de gente, optimista, capaz de signar vidas sin desganas ni perezas.
Antiguo preuniversitario Jorge Luis Estrada, actual Escuela Provincial de Arte Benny Moré.
Su mayor enseñanza, la que enarboló como filosofía práctica: aplicarse con tenacidad para atrapar los sueños y desgarrarse las manos en el intento de llegar a la cima. Una lección de vida, el modesto cartelito en la pared del salón de profesores con la sapiencia de Ho Chi Minh: “Nada es difícil, la dificultad está en que el corazón no persevere, hombres firmes y resueltos arrasan montañas y colman mares”. El legado mejor, aquel que dominaba su oficina en frase que tomó del Apóstol: “Solo en el cumplimiento triste y áspero del deber está la verdadera gloria”.
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preuniversitario Jorge Luis Estrada,
Rolando Cuartero
domingo, 28 de noviembre de 2010
El disparate no es un estilo
Basta contar con un mínimo de raciocinio para darse cuenta que las leyes, normas, disposiciones, regulaciones y otros sinónimos que pudieran engrosar la lista, se hicieron para ser cumplidas. Las de la Real Academia de la Lengua, también. Hay quienes piensan lo contrario y dejan las que rigen el idioma al libre albedrío, o las consideran una suerte de hermanito bobo. Quiere esto decir en buen cubano, “hago lo que me da la gana”.
Traten esos mismos de violar lo establecido en el Código Penal, y ya verán lo que les espera. Claro, el riesgo no es el mismo, porque en este caso el infractor pudiera parar en Chirona, pero si de violar lo establecido por la RAE se trata, los transgresores no pasan de quedar como ignorantes, estúpidos o en el mejor de los casos, ridículos.
Las recientes regulaciones de la RAE en torno a la lengua han destapado la caja de Pandora y propiciado un revuelo que no merece. Desde que el Castellano es tal, se habla y escribe, ha ido evolucionando. De no ser así, aún nos comunicaríamos en el estilo del Arcipreste de Hita. Pudiera estar alguien o no de acuerdo con este o aquel cambio, pero la Academia es la que sigue dictando lo que ES y no ES. Lo demás ES pura porfía. De modo que si los sesudos de la real institución decidieron que guion no requiere tilde y usted se la pone, está cometiendo falta.
Es el uso el que impone la norma, siempre y cuando el hecho lo justifique, y la RAE terminará aceptándolo. Para ello cuenta con académicos y expertos que saben lo que se traen entre manos. Quienes se empeñan en ignorarlos o persisten en el invento lingüístico bajo desacertados pretextos estilísticos seguirán debatiéndose entre el desentendimiento y la burla.
Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo recomendaba en el último encuentro nacional de la crónica celebrado en Cienfuegos no rehuir un texto por no comprender lo expresado, “en vez de agradecer la posibilidad de regalarnos nuevos significados”, o de lo contrario, “todo estaría regido bajo signo de las 30 palabras (…) y entonces no habrá ni literatura, ni periodismo, ni crónica ni nada” Tiene toda la razón. Lo establecido, lo que existe, lo estipulado, aun cuando sea desconocido para el receptor es válido y quien muestre interés correrá a buscar significados para aumentar su bagaje; pero de ahí a lo otro, o sea, de lo incomprendido a lo impunemente inventado, va un trecho infinito.
En mi carrera como filóloga y periodista he encontrado lindezas dignas de un glosario, innovaciones merecedoras de un tratado humorístico, disparates miles en boca y pluma tanto de reconocidos como de neófitos. Lástima que la mayoría tengan voz en medios de comunicación y enarbolen el dislate en nombre de la cultura. Que me perdonen los aludidos, pero persevero en la máxima shakesperiana de que “el primer paso de la ignorancia es presumir de saber”. No es de extrañar entonces que al ver pisoteado el idioma me sienta una especie de Torquemada.
Aquí algunas de las joyitas más recientes. Le advierto que se puede enfadar con ellas o sorprenderse, y si en última instancia prefiere reírse, me busca y hacemos un coro: Ahí van tres lindezas: coberturar (se supone que sea brindar cobertura), epocalmente (de época, por supuesto) y experticidad ( aún estoy atónita ante esta maravilla que no me atrevo a comentar).
Prefiero padecer el síndrome de “las 30 palabras”, si éstas están convenientemente dichas, porque utilizadas como es debido lograrán su objetivo, pero cuando se impone el disparate ya cualquier cosa podría suceder y entonces no habrá ni siquiera comunicación, y volviendo a las reflexiones del profesor : “ ni literatura, ni periodismo, ni crónica, ni nada”.
Recurro de nuevo a la sapiencia de Luis Sexto cuando le aconsejó a alguien: “el disparate no es un estilo”. Definitivamente, los cántaros cuanto más vacíos, más ruido hacen.
Traten esos mismos de violar lo establecido en el Código Penal, y ya verán lo que les espera. Claro, el riesgo no es el mismo, porque en este caso el infractor pudiera parar en Chirona, pero si de violar lo establecido por la RAE se trata, los transgresores no pasan de quedar como ignorantes, estúpidos o en el mejor de los casos, ridículos.
Las recientes regulaciones de la RAE en torno a la lengua han destapado la caja de Pandora y propiciado un revuelo que no merece. Desde que el Castellano es tal, se habla y escribe, ha ido evolucionando. De no ser así, aún nos comunicaríamos en el estilo del Arcipreste de Hita. Pudiera estar alguien o no de acuerdo con este o aquel cambio, pero la Academia es la que sigue dictando lo que ES y no ES. Lo demás ES pura porfía. De modo que si los sesudos de la real institución decidieron que guion no requiere tilde y usted se la pone, está cometiendo falta.
Es el uso el que impone la norma, siempre y cuando el hecho lo justifique, y la RAE terminará aceptándolo. Para ello cuenta con académicos y expertos que saben lo que se traen entre manos. Quienes se empeñan en ignorarlos o persisten en el invento lingüístico bajo desacertados pretextos estilísticos seguirán debatiéndose entre el desentendimiento y la burla.
Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo recomendaba en el último encuentro nacional de la crónica celebrado en Cienfuegos no rehuir un texto por no comprender lo expresado, “en vez de agradecer la posibilidad de regalarnos nuevos significados”, o de lo contrario, “todo estaría regido bajo signo de las 30 palabras (…) y entonces no habrá ni literatura, ni periodismo, ni crónica ni nada” Tiene toda la razón. Lo establecido, lo que existe, lo estipulado, aun cuando sea desconocido para el receptor es válido y quien muestre interés correrá a buscar significados para aumentar su bagaje; pero de ahí a lo otro, o sea, de lo incomprendido a lo impunemente inventado, va un trecho infinito.
En mi carrera como filóloga y periodista he encontrado lindezas dignas de un glosario, innovaciones merecedoras de un tratado humorístico, disparates miles en boca y pluma tanto de reconocidos como de neófitos. Lástima que la mayoría tengan voz en medios de comunicación y enarbolen el dislate en nombre de la cultura. Que me perdonen los aludidos, pero persevero en la máxima shakesperiana de que “el primer paso de la ignorancia es presumir de saber”. No es de extrañar entonces que al ver pisoteado el idioma me sienta una especie de Torquemada.
Aquí algunas de las joyitas más recientes. Le advierto que se puede enfadar con ellas o sorprenderse, y si en última instancia prefiere reírse, me busca y hacemos un coro: Ahí van tres lindezas: coberturar (se supone que sea brindar cobertura), epocalmente (de época, por supuesto) y experticidad ( aún estoy atónita ante esta maravilla que no me atrevo a comentar).
Prefiero padecer el síndrome de “las 30 palabras”, si éstas están convenientemente dichas, porque utilizadas como es debido lograrán su objetivo, pero cuando se impone el disparate ya cualquier cosa podría suceder y entonces no habrá ni siquiera comunicación, y volviendo a las reflexiones del profesor : “ ni literatura, ni periodismo, ni crónica, ni nada”.
Recurro de nuevo a la sapiencia de Luis Sexto cuando le aconsejó a alguien: “el disparate no es un estilo”. Definitivamente, los cántaros cuanto más vacíos, más ruido hacen.
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