lunes, 20 de abril de 2009

No te transformes en otra, ciudad.




Emma Sofía Morales

Los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Jaime Sabines


No son los amorosos los que abandonan, aunque cambien, y mucho menos los que olvidan, ciudad.

Si Jaime Sabines le aportó exergo a Mario Benedetti para aquel poema de pasiones urbanas, (de otras pasiones urbanas), los cienfuegueros podemos tributar razones para disuadirlo, impugnar sus motivos y hasta desgarrarnos en obstinados argumentos, conjeturas sin salida o discernimientos más alejados de la lógica que del corazón.

Ni aunque te transfiguren todos los amores serás diferente, ni serás tantas como amorosos te recorran. Seguirás siendo única en el ánimo de tus amantes y no habrá ni indiferencias ni olvidos, ni se esfumará ese aroma del que dotas a tus hijos al nacer y los sometes a permanecer dentro de tu historia de luz.

El amor seguirá pasando por tus parques, amándolos también en la complicidad de lo eterno, sentándose en tus bancos, bajo cualquier árbol, sin que necesariamente deban de ser pinos para estrenar su homilía de ternuras, sino también jaguas, ocujes, y hasta majaguas fundacionales para celebrar la fiesta de los pájaros, la misma de siempre, la de 190 años ha.

No te permitas ser otra, ciudad, ni aun cuando el amor pinte tus muros, ni descubras en cualquier rostro el rostro del amor en un atardecer junto a la bahía. Te darás cuenta que en 19 décadas el amor va y regresa y te elige testigo de sus abrazos y crepúsculos, de sus bonanzas y aguaceros. Puedes permanecer tranquila y sin sobresaltos si alguien te dijera que el amor se va y no vuelve, porque no hubo ni habrá otoños en tus riberas y campos amados del sol, no habrá duelos para ti, ciudad de estatuas que perpetúan la vida.

Seguirás de columnas enhiestas y anatomía apegada a lo perfecto, a pesar de que alguien, alguna vez, te haya colgado el sanbenito de ser la urbe de calles rectas y cerebros retorcidos, los cerebros del desamor. Sabrás vencer ésas y otras miserias humanas con la transparencia de tu aire, la estirpe de tu gente, con el don que ni se adquiere ni se aprende, sino con el que se lleva por condición. Seguirás del azul apacible e indefinido que traza cada destino, de raíces tan abrazadas a la tierra como las corrientes a las profundidades marinas.

Y llegada hasta este tramo de palabras, te habrás percatado de que no he pretendido en lo absoluto desestimar los pareceres de Sabines, mucho menos los que ha puesto mi reverenciado Benedetti en ese poema que paraliza: “…Cada ciudad puede ser otra cuando el amor la transfigura…” .Sólo me han servido de pretexto y asidero para implorarte que sigas la misma y no te transfigures, ciudad, o correrás el riesgo de lo imperdonable.



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viernes, 17 de abril de 2009

El artículo periodístico: Sin toda la presencia, ni toda la prestancia

Emma Sofía Morales

El artículo es al periodismo lo que el virus a la medicina. Cabe de todo un poco, puede despistar hasta al más entendido, tornarse algo impreciso en ocasiones, pero existen señales inequívocas del significado que cada uno encierra en sí mismo.

La proliferación cada vez más generalizada de otros géneros dentro de la prensa cubana ha contribuido al escaso manejo del artículo, pródigamente extendido en épocas pasadas por la amplitud de posibilidades que pretende. Las causas de que haya sido relegado a un plano sin número ordinal fijo (aún no soy capaz de determinar si a un segundo, tercero o cuarto planos) pudieran ser diversas, pero la necesidad de rescatarlo con los ingredientes de las tendencias más novedosas del medio es todo un reto, que quienes escriben deben asumir con toda la valentía de una profesión de valientes.

No basta echarle mano en cuestiones que ya se hacen recurrentes como la política, la economía o ciertas tendencias de corte histórico, por citar algunos escasos ejemplos. La vida es ancha y cambiable y cualquiera de sus aristas pudiera merecer un artículo, que de ningún modo es exclusivo de este o aquel tópico.

Aun cuando pudiera tener cierto parentesco con el ensayo (a mí me lo parece sobre todo por tratar de demostrar una hipótesis) el artículo tiene sus propios códigos, en los cuales pudieran hermanarse la opinión, lo informativo, lo educativo….sustentado en la diversidad, siempre y cuando plantee una tesis que haga las veces de columna vertebral, sin olvidar la originalidad y la fuerza que debe caracterizar a todo aquello que ronde al periodismo.

Tal vez lo más difícil, pero también lo más importante sea seleccionar una buena tesis y sustentarla con sólidos argumentos capaces de enganchar al lector, o como decimos en el gremio “tener garra”, pero también estar investidos de toda la información e investigación necesarias para resultar convincentes y auténticos.

Plantear lo que se quiere decir, argumentar lo que se quiere decir, y exponer conclusiones y recomendaciones sobre lo que ha querido decir, es una receta de cocina que no debe ser desdeñada por su aparente sencillez. Detrás de cada una de estas tres recomendaciones hay un caudal de posibilidades. Estas consideraciones podrían cerrar con la sugerencia de que cada artículo debe ceñirse al estilo y la proyección de la publicación a la cual tributa el periodista.

Soy del criterio de que cuando la musa nos visita (para usar palabras de la eximia Dulce María Loynaz) hay que dejarse guiar por ella; porque cuando hace su irrupción es ella quien traza la pauta, quien susurra al oído lo que de repente nos asombra ante el papel o la pantalla., pero si la susodicha desaparece, no queda más remedio que echar mano al oficio, agarrar bien sus herramientas, poner manos a la obra y obras a las manos. No hay excusas entonces para desdeñar al artículo.

En lo que respecta a este género existen rudimentos tan sencillos pero olvidados como pudieran ser la utilización de un lenguaje sencillo, comprensible y potable, toda vez que casi siempre el escritor pretende que lo lea un público amplio. De manera que el debe evitar terminologías exageradamente especializadas o de lo contrario aclararlas bien y transitar por lo cotidiano con naturalidad y desenvoltura para no caer en pedanterías innecesarias y afectaciones que mueven más a la risa que a la admiración.

Ser precisos, sencillos, originales, entre otras virtudes, también aplicables a los demás género periodísticos, es algo insoslayable.

La extensión es tan relativa como el vaso mediado de agua; hay quien lo encuentra medio lleno y otro, medio vacío, pero si además de agregar a los rudimentos antes mencionados le añadimos al artículo poder de síntesis, una sintaxis comprensible, sinceridad expresiva y un estilo propio, ya tendremos el vaso más lleno que vacío.

La realidad es abundante en acontecimientos. Los temas sobran. A escribir entonces.

sábado, 14 de marzo de 2009

Irán Millán Cuétara. La ciudad te sabe de memoria.



Desde el bautizo fundacional a la vera de una majagua las peripecias de lo que fuera la colonia Fernandina de Jagua y hoy es la ciudad de Cienfuegos, validan la esencia de la cienfuegueridad con un sentido casi mítico y una devoción sin límites.

Para discernir si en ello hay o no secretos, si es o no un misterio, cada quien deberá acudir a su propia pericia para desentrañar la cábala. No hay cienfueguero que no tenga la suya, más o menos compleja, más o menos sentimental, desde lo sensitivo o lo esencial, pero la de Irán Millán Cuétara aporta razones que no admiten discusión.

De amores sin retorno

Estar impúdicamente enamorado de esta sureña urbe es su argumento más contundente; y contra el amor no existen obstáculos ni reparos.

“La ciudad es mi novia”, alega sin dobleces, y a quienes conocen de sus desvelos por ella, no les cabe dudas de que es un amante seducido por encantos pequeños y gigantes, celoso y espléndido, tanto, que acabó desnudando todos sus valores para darle como regalo a su Centro Histórico la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

De los afectos

“Cienfuegos es la casa grande en la que se da cita lo mejor de cada uno de sus habitantes, quienes tienen el privilegio de vivirla y sentirla. Es el pretexto donde convergen el afán de su gente por el mejoramiento humano”, sentencia sin titubeos, mientras desde un quicio cualquiera, como un cienfueguero cualquiera trata de sostener al unísono la palabra con que responde a mis preguntas y el cuidado de Adriana, su primera nieta.

“Esta es una ciudad excepcional, única en el mundo”.

Del arraigo

“Aquí se ratifica una personalidad y un fuerte sentido de pertenencia, donde ser cubano es un orgullo, pero ser cienfueguero es todo un privilegio”.

No es precisamente su condición de Conservador lo que le otorga ese sentimiento. Hay algo en ese hombre de intangible y hasta inextricable que sin hablar, dice a gritos cuánto reverencia a la Perla. Y aunque alguna vez dijo sentirse Quijote sobre Rocinante para defenderla, su figura está más apegada a raíces cercanas, a la cosmogonía y las tradiciones de este sureño paraje. No es necesario ser demasiado observador para darse cuenta de que lleva en sí la traza legendaria de haber podido tener la estirpe uno de los descendientes de Hamao y Guanaroca, amante adolescente de Marilope, cómplice del silencio de Azurina, consejero prudente de Aycayía, guerrero junto a Ornoya, el héroe de Jagua.

Del azul y del mar

Azul, el color con que la leyenda nombró a la dama fantasma que recorre en noches de luna llena las almenas de la fortaleza de nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, es uno de sus preferidos. ¿Cuánto de sortilegio y seducción corresponderá a la bahía con su celeste inalterable detenido en el tiempo en esta preferencia cromática? ¿Se lo habrá cuestionado él? Puede que ni siquiera se lo haya planteado, pero en cuanto a la entrañable rada, las cosas son bien diferentes, porque está convencido de todo lo que aporta esa extensión calma y salada al encanto urbanístico de la ciudad. “El vínculo de la urbe con el mar es un elemento identitario de Cienfuegos… ese abrazo de la ciudad y su entorno con el mar”.

De las intimidades

No importa si es oriundo o no de estos predios, porque si nació lejos de aquí fue por mera casualidad. Irán Millán estaba predestinado a echar sus raíces en este pedazo cubano y si alguien tiene alguna otra opinión deberá fundamentarla a fuerza de pasiones, no de hechos. “Yo bebí agua de los cuatro ríos que desembocan en la bahía, tal vez ahí esté el secreto de todo, por que ésa, es agua bendita”.

…¿te molestaría que alguien te preguntara si te parieron debajo de un árbol de jagua?

“No ocurrió así…, pero me hubiera encantado, para estar más vinculado a las raíces de esta bella tierra”.

Las calles de Cienfuegos conocen sus pasos de memoria, saben de los zapatos que lleva; si de tanto andarlas, ellas mismas pulieron sus suelas; si preocupaciones o dolores añadieron pesadez a su cuerpo; si la felicidad lo volvió más ligero o la tensión de una jornada de trabajo lo regresa a casa cansado, pero feliz, mientras que la ciudad toda, de casi 190 años, reconoce su sombra en las paredes, la percibe como una caricia y la disfruta, porque él la recorre sin prisas y se complace en sus olores en un acto de amor recíproco desde siempre.

martes, 23 de diciembre de 2008

Italia en Cienfuegos es...



…un piccolo porto , una porta aperta ai sogni

(Umberto Saba)

Porque cada separación significa un encuentro en otra parte, Italia se reencuentra en algún sitio de la geografía cienfueguera entre motivos y señales.

Pero sumergirse en la búsqueda de la huella italiana en esta ciudad del centro sur de Cuba, no deja de ser un intento arriesgado, cuando se intuye que en su cosmopolitismo de influencia europea, Cienfuegos incorporó ingredientes diversos a su palpitar político, económico y social, al brotar como villa en 1819.

Aun cuando se asientan bien profundas las improntas hispánica y francesa en esta región junto a otras del viejo continente, la traza italiana ocupa su espacio en expresión discreta, pero perceptible con el encanto propio de las cosas por descubrir o el disfrute de saberlas conocidas, familiares, tangibles, entrañables.

Italia en Cienfuegos es esa fuerza con que irrumpe casi mítica la escultura del más diverso formato, al punto de que la creencia popular atribuya paternidad italiana a piezas de factura desconocida que ocultan en su belleza al verdadero y anónimo escultor.

Para poner en su sitio imaginación y fantasías bastaría la existencia misma de obras con la dedicada a la figura de Don Tomás Terry, instalada en el teatro cienfueguero del mismo nombre y esculpida en 1889 por el napolitano Solari, de quien se afirma fue capaz de concebirla en tamaño natural y a partir de un retrato del acaudalado comerciante.

Con la particularidad de ser una pieza notoria dentro de la producción del artista, algunos aseguran que en cierta oportunidad el gobierno italiano trató de adquirirla, dada la escasez de esculturas de ese tipo dejadas por Solari al morir.

La influencia de la península itálica en la estructura del coliseo sureño, se extiende a otros rincones de su arquitectura como la parte superior de la fachada que rematan tres máscaras de cerámica elaborados por artesanos de la casa Salvatti, de Venecia en representación de la Comedia, La Tragedia y la Música, o su propia tipología, característica de la planta italiana formada en herradura y cerrada al fondo por el escenario. En 1906 un escultor genovés de apellido Nicolini legó a los cienfuegueros el conjunto escultórico inspirado en José Martí, que hoy se encuentra en el parque que lleva el nombre del Maestro.

Todo engarza sin mayores contradicciones cuando se conoce que la manifestación de la escultura monumentaria de procedencia italiana en Cienfuegos estuvo sustentada por los vínculos entre los puertos de esta ciudad y Génova, desde donde embarcaban los pedidos de esculturas y trabajos en mármol, por la proximidad con Carrara. Pero también concurrieron a la sureña ciudad desde La Habana, mediante canteros y marmolistas italianos asentados en la capital cubana.

Los cementerios de Reina y Tomás Acea, atesoran vestigios capaces de saciar curiosidades, desatar misterios o arriesgar razones.

Italia en Cienfuegos es el espíritu del neoclásico de una población joven y próspera deseosa de revivir los códigos formales de la arquitectura romana que conforman la imagen misma de la ciudad en equilibrio con otras tendencias

Es un ingrediente de relevancia dentro de su personalidad, al que se añade el estilo de asentamiento inspirado en el campamento romano, que se iniciaba a partir de un área pública desde la cual eran trazados caminos octogonales.

Es la existencia de quintas, la profusión de cúpulas, de cubiertas abovedadas, de columnas toscanas, o el Arco de Triunfo de los Trabajadores erigido en el parque Martí, posiblemente el único de su tipo en Cuba.

Es la riqueza de los mármoles de Carrara en edificaciones como el antiguo Liceo de Cienfuegos, el otrora Ayuntamiento Municipal de orden toscano, el palacio de Valle, donde se entremezclan influencias del gótico, el bizantino y el barroco con elementos italianizantes combinados con el estilo mudéjar en fiesta ecléctica y abrumadora, en cuya arquitectura quedaron alabastros italianos y cerámicas venecianas.

Italia en Cienfuegos está en una reducida inmigración, que entre las nostalgias y las lejanías legó personalidades para la historia.

La huella italiana está en las figuras de Félix Montarsini, profesor de danzas e idiomas establecido en la localidad en 1849, en la de Miguel Capriles Torreta, el genovés que diera origen a ese apellido en Cienfuegos o el ingeniero y agrónomo Alfredo Fontana, romano de nacimiento y encargado de la dirección y los trabajos constructivos de la carretera hacia Cumanayagua, el Acueducto y alcantarillado de la ciudad, casas y establecimientos comerciales, y por demás destacado en el campo de la experimentación agrícola.

A la agudeza y laboriosidad de ingeniero Alfredo Colli debe esta urbe edificaciones y obras devenidas paradigmáticas dentro de la arquitectura y el urbanismo sureños como el palacio de Valle, el Liceo, el palacio Municipal y el Paseo del Prado, considerado como el más largo entre los de su tipo en el país.

Con toda la intencionalidad que pudiera concebirse me detengo en el boloñés Ambrosio Gasdiani, nacido en 1821, sugestiva y escurridiza figura de la historia de su país y de la nuestra, aun cuando los matices de su historicidad sean diferentes en una y otra nación.

En Boloña fue estudiante de Odontología, seguro patriota y revolucionario que demandó la unidad italiana ante los preceptos papales y el poder político de la Iglesia, sin dudas, la causa principal para emprender un exilio a partir de 1846 que lo separó de esposa y familia y le obligó a recorrer desde su salida por el puerto de Génova ciudades como Nueva York, La Habana y finalmente Cienfuegos, donde permaneció durante los últimos años de la década del 40 del siglo XIX.

Aquí terminó sus días en misteriosa y aún no descifrada “muerte violenta”, según reza en los archivos de la Iglesia Catedral de Cienfuegos, que guardan el acta de su defunción, ocurrida justamente en la Navidad de 1850.

Ambrosio Gasdiani fue en Cienfuegos el músico que brilló por su desempeño y talento, admirado por historiadores y cronistas de la época. Aquí fue director de la Orquesta del Liceo Artístico y Literario, compositor de obras como la Misa de Réquiem interpretada en la Iglesia Catedral en diciembre de 1848, cuando se celebraron las exequias del fundador Don Luis De Clouet o la que animó el propio año los festejos de la Virgen de la Purísima concepción, en honor a la patrona de la ciudad.

La investigación de esta personalidad de la historia ha sido un desafío para quienes intentan adentrarse en sus secretos.

Libros como la Historia de la Nación Cubana o la Memoria Histórica de Cienfuegos y su Jurisdicción, de Pablo Rousseau y Pablo Díaz de Villegas recogen su desempeño como músico..

Pertinaz perseguidor de nombres y hechos del acontecer local, el historiador Florentino Morales retoma esta figura con el ánimo de profundizar en su conocimiento.

Muchos años después, quien aquí les comenta, se involucra en esta búsqueda atrapada por el misterio y la curiosidad genealógica. Lenta y espaciadamente comenzaron a asomar algunos vestigios, hasta hallar más de una decena de cartas familiares, no traducidas en su totalidad, que enriquecieron las pesquisas. No obstante, resultó infructuoso el intento de rescatar partituras u otros documentos.

Pero aún ronda la incertidumbre. De alguna manera la urgencia de las búsquedas convocó sentimientos y emociones para apurar esta historia hasta el final sin lograrlo aún, pero con la fascinación propia de lo desconocido, sintiéndome observadora y observada entre el pasado y el presente, viviendo fragmentos de complicidad común.

Después de 158 años de ausencia entre los vivos, Ambrosio Gasdiani se resiste al anonimato con suspicacia lúdicra, poniendo aprueba inteligencias y perseverancias cuando las evidencias se tornan esquivas o emergen con fuerza de la veracidad, convencido de que sobrevivirá en algún recuerdo, confiado en su propia trascendencia.

A veces se desliza y se pierde para hacer más intenso el reencuentro, juntando palabras y recuerdos incompartidos, tratando de encontrar la salida de este laberíntico recuento.

Otras veces me acompaña, en su ausente presencia y se me antoja juguetón desde su ventajosa invisibilidad y me sorprendo hablándome y hablándole en un monólogo, que no lo es tanto.

Pero cada quien tiene que vivir su propia resistencia y probar su perseverancia y todavía dudaba si comentar entre estas consideraciones, que una parte de Ambrosio Gasdiani, tanto genética como espiritual, está mezclada conmigo cuatro generaciones después.

Sin recurrir al asombro, y divagaciones aparte, Italia en Cienfuegos es mucho más que todo eso, es lo que late entre la semejanza y lo irreconocible aún por develar, es desentrañar misterios para atrapar similitudes en espacios diferentes, es sorprender imágenes que convergen disputando olvidos a tiempos y distancias, es la esperanza abierta a la certeza de lo perdurable.


viernes, 12 de diciembre de 2008

Periodismo cultural, más allá de la crónica, la inmersión necesaria.

Llevado y traído por conocedores y neófitos, el llamado periodismo cultural está hoy más que nunca en la mira de especialistas y lectores como resultado del aliento recibido por conceptos novedosos, que ubican a la cultura en un lugar preponderante dentro de la sociedad cubana actual.

Si bien algunos pudieran alegar la insuficiencia de esta vertiente dentro de la prensa cubana, con más o menos razón, es cierto que en los últimos años esta presencia con altas y bajas, ha ido ganando espacio a fuerza de empeños y reclamos bien merecidos, aun cuando resulta imprescindible trasponer las fronteras de lo meramente descriptivo, informativo o cercano a la crónica, para adentrarse en elementos de mayor contenido, pensamiento y elementos sustanciosos que añadan, aporten y toquen fondo a pie descalzo debajo de la epidermis donde subyacen la temeridad y la prudencia de criterios, análisis y un desempeño orientador y educativo
cada vez más abarcadores.

Tal vez más de 20 años en el ejercicio de la profesión y algo de oficio, (es mi caso) no sean suficientes para reseñar lo que distingue, caracteriza y también padece nuestro periodismo cultural. Por eso, y no por otra razón, me aventuro por este camino que de por sí escabroso, que merece un tratamiento amplio, bien difícil de recoger en un esbozo (este esbozo) a partir del cual pudieran suscitarse opiniones, criterios, diferencias, en fin...

Me alejo de cánones académicos y a partir de mi propia experiencia de dos décadas en este ejercicio, apunto algunas consideraciones, sin que pretenda con ello alzarme con la verdad absoluta.

Téngase en cuenta que me suscribo, únicamente, al periodismo cultural propio de los medios
de comunicación de mayor impacto en las masas y entre los que se encuentran la televisión, la radio, periódicos, revistas y semanarios, por sólo mencionar algunos, no así, a las publicaciones especializadas, dirigidas a un público más reducido y también especializado, y que por su importancia merece una exploración de otra naturaleza.

Existe a mi juicio un vertiente informativa dentro delgénero, importante e imprescindible por razones obvias, toda vez que en ella el lector encuentra el producto cultural de manera noticiosa y la cual no debe considerarse en modo alguno un intento menor.

Allí, en la noticia está el anuncio y también la memoria histórica del acontecimiento en sí, es la que invita y la que permanece. Ésta es, por tanto, necesaria e ineludible, aún cuando no aporte elementos suficientes de análisis.

Es bastante generalizado el hecho, de usar y hasta abusar en la actualidad de la crónica cultural, a la que algunos pudieran achacar cierto facilismo, falta de preparación por el periodista y hasta el bagaje necesario para profundizar en determinados temas.

Con honrosas excepciones, quienes escogen el tono cronicado pudieran parecer poco analíticos o profundos para permanecer cómodamente en la superficie, parapetados casi siempre tras una descripción de corte impresionista que no rebasa la categoría de narración.

¿Constituye el tratamiento de la crónica cultural un pecado?. En modo alguno. Es una herramienta más, un intento válido de comunicación, en el que la historia del periodismo recoge exponentes de excelencia entre los que sobresalen figuras como las de José Martí, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén o Mirta Aguirre, por solo mencionar algunos, quienes con un sustento eminentemente erudito, se apoyaron en la crónica para legarnos verdaderas joyas en el género.

Pero el periodismo cultural de todos los días precisa de algo más.

La carencia de un sentido verdaderamente crítico es más que un reclamo, un imperativo de los tiempos que corren.

Es bastante complejo este ejercicio, si se tiene en cuenta que el arte y la cultura se mueven dentro de un campo relativamente subjetivo, que puede encontrar en cada crítico y consumidor niveles de lectura diferentes.

La interpretación del arte y la cultura no es en modo alguno un ejercicio matemático, sino que se
mueve en un espacio más relativo, en el cual influyen y determinan, el nivel cultural de quien escribe y lee y desde luego, su formación estética.

El periodismo cultural de hoy adolece en gran medida del esfuerzo para juzgar el producto artístico, discernir sus méritos y defectos y a tono con las opiniones más generalizadas, debe contener no sólo vocación, sino también probidad, objetividad, cultura y gusto estético, además de desterrar defectos como el personalismo y la oscuridad en el lenguaje, entre otros aspectos.

Al erigirse puente entre la obra artística y quienes la aprecian, el crítico tiene la misión de explicar, clasificar, juzgar y sobre todas las cosas, comunicar, acercar al consumidor a esa obra.

Al criticar, formular, enjuiciar, apreciar, ponderar, o exponer defectos, el periodista ejerce no sólo una función informativa, sino también formativa y educativa.

Sin acogerse a tonos cercanos a la agresividad o la complacencia, la crítica debe ser lo más objetiva posible, evitar tedencias personalistas y ser valorada en toda su amplitud.

La crítica actual, debe , asimismo, devenir en un instrumento que aporte creatividad, sin embargo no todos estamos debidamente preparados para asumir una función que cada vez se torna más compleja y profunda en correspondencia con el nivel de educación y cultura de los cubanos.

Teniendo en cuenta estas razones, quien ejerce la crítica está en la obligación de atemperar su discurso y con ello su lenguaje, de acuerdo con las características del público a quien se dirige.

Igualmente nociva resulta una crítica insulsa y superficial como aquella, bastante en boga por cierto, que se torna tan compleja con el uso de códigos inaccesibles al lector medio que para su comprensión necesita de un tratado decodificador y explicativo aparte.

Dicho de otra manera, el periodista no tiene derecho ni siquiera a suponer que está escribiendo para tontos, a subvalorar a sus lectores o a desconfiar de la capacidad de análisis y discernimiento de sus recpetores.

El otro extremo puede acarrear males mayores.

Una crítica oscura, enrevesada,hermética, plagada de tecnicismos innecesarios, lo mismo puede quedar sin ser leída, que causar insatisfacciones, obstaculizar la comunicación y en el peor de los casos, poner a quien la concibió entre el ridículo y la burla de los lectores.

En no pocas ocasiones hemos escuchado la queja de: ¿qué quiso decir el periodista en toda esa palabrería conceptual?.

No sería ocioso recalcar aquí que para engrandecer el ejercicio del criterio tenemos que estar absolutamente capacitados para valorar, analizar, estudiar, orientar, divulgar, transmitir el mensaje...

Una cultura profunda, alejada de lo epidérmico, es imprescindible para esto y junto con ello ser dueños de un exquisito nivel de información.

Yo pondría a estas cualidades un toque de sensibilidad e imaginación (cuidado con la exageraciones), también de esfuerzo propio para superarse y mantenerse al día dentro del acontecer cultural universal.

Adolecemos en ocasiones de la valentía y la seguridad necesarias para señalar defectos y alejarnos definitivamente de una crítica complaciente cuando la realidad está pidiendo a gritos un poco de objetividad.

Sin embargo, no hay nada que justifique el hecho de que el crítico se sienta por encima de algo o de alguien. No podemos perder de vista que a la vez que enjuicia es al mismo tiempo enjuiciado, que son inseparables la excelencia, la profesionalidad y la ética.

Al crítico cultural le es prácticamente ineludible poseer un grado de especialización tal, que lo ponga en condiciones de abarcar todas las manifestaciones del arte y la cultura. No obstante, la especialización dentro de la especialización es todavía algo más cercano a la perfección. Al contar con un mayor dominio de determinada rama, el periodista no sólo gana ventaja, sino calidad en sus análisis.

Opino que es válida la recomendación de hacer un mayor uso de todos los géneros periodísticos dentro de la vertiente cultural. Nos falta acometividad en la entrevista y el reportaje culturales en función de la diversificación, en la búsqueda de un equilibrio que favorezca a críticos y lectores.

¿Qué nos queda?. El análisis individual y personal en torno a estas y otras cuestiones que aporten elementos para hacer más atractivo nuestro periodismo cultural.

Reconsiderar, cómo, quienes practicamos el género, podemos hacerlo cada vez más perfecto, con intencionlidad y la pericia necesarias para atrapar al lector.

Caricia azul para una ciudad



La cienfuegueridad entra por el olfato. Quien no sea capaz de olerla, se pierde su esencia. Es el olor de las calles, de la gente y sobre todo, de la bahía. Ser cienfueguero es una actitud ausente de regionalismos que marca la diferencia con el resto de las poblaciones de la Isla: somos cubanos, somos cienfuegueros, somos iguales y diferentes. Somos diferentes desde la misma arquitectura, el trazado urbanístico, caso atípico entre las urbes cubanas, pero es la bahía la que impone el sello distintivo.

Fuente de riquezas como sugiere su nombre en lengua aborigen, la bahía de Jagua, al centro sur de Cuba, es responsable incondicional del influjo que ejerce la ciudad de Cienfuegos sobre quienes desde adentro la saborean y desde lejos la añoran.
Escenario de sucesos dignos de la memoria histórica de una urbe fundada por franceses en el siglo XIX, que llegó hasta el presente como una de las más conservadas de Iberoamérica y con valores reconocidos para que su centro histórico fuera declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Au
n cuando no aportara a las razones para inscribir a este sitio dentro de la Lista de Patrimonio Mundial, a la bahía perlasureña le cabe por derecho propio el orgullo de yacer como ese paisaje natural de excepción donde se asoma la ciudad, irremediablemente apegada a sus riberas.
Antes y después de la visita de Cristóbal Colón a la rada en 1494, sucesivos navegantes frecuentaron sus predios y comprendieron a primera vista hallarse ante un lugar de privilegios geográficos, bellezas desconocidas y cualidades que le ganaron entre los entendidos el sobrenombre de Gran Puerto de las Américas.
Al recorrer sus inmediaciones antes de emprender un viaje hacia el oriente de la Isla, Diego Velásquez ponderó las virtudes de este retazo de mar, casi discreto y apacible al que consideró “un puerto muy provechoso para los que vienen de tierra firme”.
Recodos y rincones provistos de una exuberante vegetación costera resultaron albergue seguro para corsarios, piratas y filibusteros, quienes acudían a su abrigo en busca del refugio natural que les proporcionaba su contorno en forma de bolsa para comerciar con los moradores de la comarca o cometer fechorías de la peor especie. Belleza y riqueza se complementaron para atraer a sus orillas a bandidos de los mares en busca de provisiones y su estratégica ubicación resultó ideal para encontrar un escondite perfecto.
Tal vez el primer pirata que frecuentó la bahía de Jagua fue Guillermo Bruces, quien llegó con sus secuaces a la zona con el propósito, según algunos cronistas y leyendas populares, de enterrar cerca de la ribera un caudaloso tesoro.
Tomás Baskerville y su escuadra irrumpieron en Jagua en 1602 para sacar algún provecho de su estancia, mientras que en 1604 aparecieron, provenientes de latitudes diferentes, los tristemente célebres Alberto Girón y Juan Morgan y en 1628 el pirata holandés Cornelio Foll, quien robó cuanto estuvo a su alcance, violencia mediante, como lo hicieran posteriormente Lorenzo y Carlos Graff.
Desde la fundación de la entonces villa Fernandina de Jagua, el 22 de abril de 1819, crecieron los beneficios que el puerto reportó al desarrollo y consolidación de la joven colonia en ese abrazo indisoluble entre la actividad comercial, la fabricación y exportación de azúcar y otros productos, la riqueza de la fauna marina, los valores ecológicos y naturales y por supuesto, la oportuna ubicación al centro de la Isla para el traslado de mercancías hacia el oriente y el occidente del país.
Le sobran razones para ser considerada una de las más importantes en la Mayor de las Antillas, mientras agrega virtudes como la de ser una ensenada con uno de los ecosistemas más saludables en la Isla. Alrededor de 88 kilómetros cuadrados componen la superficie de esta dádiva de la naturaleza caribeña en forma de bolsa, que alcanza su mayor profundidad a unos 60 pies, justo entre los cayos Carena y Alcatraz, valorada por expertos y deportistas como una pista acuática de lujo para la práctica de especialidades náuticas.Un estrecho y sinuoso canal de unos tres kilómetros del longitud la conecta con la inmensidad del Caribe y le proporciona la notoriedad de ser una rada generosa y serena al propiciarle protección y evitar con ello excesivas y peligrosas penetraciones de mar.
Admirada por sus cualidades turísticas y recreativas, marítimas, portuarias e industriales, perfecta para la pesca o como reservorio natural, suma virtudes mientras está reconocido como el segundo complejo portuario del país y el más relevante en la costa sur de la nación. Pero no hay mayor valía que la de su atractivo y natural belleza, la capacidad de seducción que ejerce entre quienes la disfrutan, esa personalidad irrepetible de la cual dota a la ciudad, su magnetismo disfrazado de azul, la serenidad de las aguas, el misterio de sus destellos.
Es un pedazo entrañable en la vida de todos los cienfuegueros, paradójicamente particular y compartido, espacio donde se reafirma el sentimiento de pertenencia, se multiplican amores y se torna infinita en el afecto de quienes nacieron a su vera. Es la inspiración de artistas de la plástica, de poetas y músicos atados a sus reflejos, la del litoral donde se encienden los luceros de José Ramón Muñiz, quién sabe si la que abrigó la tornasolada garza presentida de Luis Bouclet, la novia cómplice y perpetua que respiró Florentino Morales, la del explosivo pincel de Leandro Soto, la de misterios y leyendas de pescadores, mantas gigantescas y luces salvadoras. Es la que le regaló a Cienfuegos su aroma inigualable, ese que aparece y se esfuma tras los rincones con la destreza de permanecer en los sentidos y los corazones entre lo entrañable y lo certero, como refugio de nostalgias innombrables.
Eterna, salada y lenta, presuntuosa y excesiva, viva como su historia misma, formidable como su geografía, egocéntrica y mágica, seductora y generosa sin padecer soledades ni olvidos, es el presagio de lo eterno en el lugar del tiempo histórico y humano, la caricia azul para una ciudad
.