sábado, 17 de enero de 2015

Sin reposo para el guerrero…


…porque se yergue antes de tocar el suelo, cuando casi se convence de que las fuerzas le abandonan; porque preocupaciones, ocupaciones y dolores, aparejados a la vida misma se acumulan y pasan la cuenta ahora o después; sin remedio. Pero si queda un hálito, será para persistir en la cruzada. Por eso, a tiempo y sin titubeos nuestra directora Alina Rosell Chong, optó por deponer con elegancia su cargo, como quien abdica por convicción, después de cuatro años como corresponsal jefa de la Agencia de Información Nacional (AIN), en Cienfuegos, y algo más de una década de directora en el periódico CINCO de Septiembre.

Si bien los puestos de dirección le apaciguaron las lides del Periodismo, no fueron pocos quienes nos alimentamos de su experiencia como profesional; y aprendimos que dirigir no significa levantar la voz, ni señalar con saña, sino una suerte de equilibrio entre la autoridad y el respeto; la enseñanza y la transparencia; la paciencia y la perseverancia; encontrarse y allanar; dispensar una segunda oportunidad; regalar un voto de confianza; conceder el don de la claridad; disponer del tino y el conocimiento para tratar a cada individualidad como cada quien lo requería, o manejar una situación, por delicada que fuera, con la justicia y la prudencia como antecedentes inviolables.

Y si fue difícil ser subalterna/amiga, directora/amiga, binomio que coincidimos en compartir, Alina inventó el equilibrio de todo eso, lo manejó con destreza y ninguna de las dos podremos decir a ciencia cierta si seguimos siendo las adolescentes de noches de juerga o las profesionales ante los rigores de esta profesión, en la que día a día nos jugamos el honor, el prestigio, la vida.

La adversidad y amargura personales las llevó con el donaire de los seres de luz, sin dramas ni catastrofismos, combinando su naturaleza humana y profesional con voluntad y arrojo; sin mella para quienes cada viernes abrieron el CINCO sin conocer qué hubo detrás.

De distinciones, reconocimientos, homenajes, atributos, honores, se encargarán de hablar y/o escribir otros; prefiero contar sobre Alina más que como MI directora de la AIN y del Periódico, con la Alina de las amistades juveniles; en la sobrevivencia de los años felices y también de los duros; a la magia de crecer y cambiar juntas en los avatares de la existencia.
Y de repente, el tiempo que creíamos eterno se acorta, y nos damos cuenta cuántos sueños quedaron por cumplir, y los que aún están esperando por nosotros, a pesar de las cifras.
Después del paréntesis y la pausa merecida te esperamos como siempre..., Alina, compañera y amiga; Rosell, con la fuerza que te imprimió el ADN de Diego, y Chong, con la ecuanimidad y la calma asiática que te aportaron los genes de Alicia.
No habrá reposo para el guerrero.

jueves, 23 de octubre de 2014

José de las batallas

Por Emma Sofía Morales

No es preciso escribir mucho para conocerle mucho. Hay obras que hablarán por sí mismas de cuanta traza dejó por la vida para quienes fue amigo, maestro y consejero. O de la pasión que estrujó a diario en el arduo camino de la cultura de esta ciudad como acucioso investigador, conferencista, escritor y poeta; sacerdote, profesor, biógrafo, ensayista, bibliógrafo, humanista, bibliotecario…, en una existencia fecunda y sin descanso, que resultó escasa para realizar tanto sueño en los 61 años que estuvo.

José Díaz Roque no dejó de sorprendernos ni con la misma muerte, acaecida el último 22 de octubre en una maniobra maestra, sutil y vertiginosa, cuando muchos suponíamos que la engañaría con toda su sagacidad, con la misma sabiduría empuñada para fundar y crear.

Desde un reducido sitio en la biblioteca provincial Roberto García Valdés, donde echó raíces, tendió puentes y cultivó pensamientos, Jose expandió erudición y laboriosidad tal, que escasearían vocabulario y espacio para nombrarlas y no pecar de omisiones dentro una existencia imprescindible y abruptamente inconclusa.

Martiano arraigado y convencido, quijote incansable en defensa de la cienfuegueridad, de su intelecto y talento brotaron las áreas especiales para ciegos de las bibliotecas públicas cubanas, proyecto primigenio prolongado más tarde en otros como la fundación de la revista cultural Ariel, de la cual fuera director y dejaría al pairo, solo cuando los sentidos dejaron de responderle. Artífice de eventos en torno a la figura de Carlos Rafael Rodríguez y Samuel Feijóo.

Omnipresente en el quehacer de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la Unión Nacional de Historiadores de Cuba, el Centro provincial del Libro y la Literatura, la Sociedad Cultural José Martí, el Consejo Científico de Cultura en la provincia, el Centro de Promoción e Investigación Literaria Florentino Morales, el Contingente Cultural Juan Marinello, entre otros muchos, conocieron sus denuedos como intelectual de vanguardia.

En solitario o en coautoría con otros intelectuales nos deja como herencia un abultado dossier de títulos de poesía, ensayo, crítica literaria, narrativa…,y para honrar su esfuerzo distinciones y reconocimientos nacionales e internacionales como el Premio Jagua, el de mayor rango dentro de la cultura local, así como también en concursos nacionales y locales.

Observador, crítico, de silencios sobreentendidos, analítico y reflexivo, fue capaz de comunicar y responder solo con la mirada, de vencer con el silencio o el gesto, convencer con una palabra sola, vestirse con armadura de ideas, provocar el intercambio que enriquece, dejar la piel en cada batalla, sin ruidos ni excesos …

Para quienes lo conocimos desde los años juveniles y conservamos el mote que nos endilgó y llevaremos de por vida, siempre estará ahí, tras el pequeño buró de la biblioteca; aferrado a una vieja máquina de escribir; parapetado tras una humeante taza de café; envuelto en el humo de un cigarro sempiterno y peligroso; disertando sobre lo humano y lo divino; apasionado y rotundo.

Tal vez, Jose merecía la oportunidad de escribir su propio obituario, no una crónica inconclusa y magra incapaz de atrapar la vastedad de su carácter escrita por alguien bajo el peso de lo insólito y la amargura que aún no interioriza la realidad de su muerte.

Nadie como él lo hubiera hecho mejor.

lunes, 11 de agosto de 2014

Arquitectos de la personalidad ajena


“Hay un sentido universal que descansa como armonía bajo cada diferencia”.
Manuel Mendive


Por: Emma Sofía Morales

Con la mejor de las intenciones, (o no tan mejores) por las buenas, a veces, y con frecuencia por las malas, abundan quienes se empeñan en imponer al resto sus patrones de conducta, credo, pensamiento, desempeño, comportamiento, modo de actuar; pautas estrictamente personales, tomadas como verdades absolutas y absolutamente correctas. Poseen sus propias leyes y pretenden sembrárselas por la fuerza y sin método al “diferente”, porque “así es como debe ser”.

En tiempos de tolerancias y reivindicaciones a la diversidad, el respeto a la individualidad sigue como asignatura suspensa y sin el menor atisbo de mejorar en el entorno de las relaciones interpersonales. Ya escribí algo parecido en otra oportunidad, pero percibo cómo todo aquello adquirió forma gaseosa. Tómese este nuevo intento, como una especie de (re)catarsis, que es a la vez, una voz dentro de un coro que clama por lo mismo, y en última instancia, como un grito de auxilio.
Hasta donde alcanza mi poder de observación —y sin pretensiones de convertir este comentario en un análisis científico— la intrusión en la forma de ser y del temperamento ajeno no parece clasificar dentro del respeto a la diversidad, la cual ya superó cuestiones como el tratamiento a la discapacidad, la desigualdad de género y otras de larga data y arraigo como la discriminación religiosa, racial o sexual, vistas ya (aunque aún insuficiente) desde la aprobación/aceptación, a la forma de ser “del otro” en el entramado de la sociedad.

Lamento el esfuerzo de especialistas, estudiosos y excavadores del comportamiento humano, enfocado en el contexto social, judicial y de salud. Advierto, cómo investigaciones y tratados sobre el tema puestos en la mira de consagrados científicos se quedan en la nada…, nada de aplicarse como ha de ser. Me cuestiono dónde quedó aquella elemental caracterización psicológica de los tipos de caracteres que por tanto tiempo manejaron terapeutas, psicopedagogos y otros interesados en la conducta: a saber: flemático, sanguíneo, colérico, melancólico.

Porque la diferencia también pasa por la personalidad, que genética o adquirida, viene con el individuo o se arraiga por diversas razones. El respeto a ese espacio debería incorporarse como norma elemental de convivencia, de comportamiento propio del ser social civilizado.

Por fortuna para muchos, pasaron a mejor vida las falsas unanimidades, no obstante, las intenciones de uniformar y hasta masificar el carácter todavía están ahí: en la casa, el barrio, la escuela, el trabajo, en cualquier acción interactiva. Si todos tuviéramos la vocación para el arte, la ciencia no tendría discípulos, si todos prefirieran las matemáticas, las humanidades serían materia ociosa, si todos fuéramos extrovertidos, el entorno se volvería un caos, si no existieran los polos negativo y positivo, la física perdería una de sus teorías más interesantes; si nos comportáramos de igual manera, en el mejor de los casos, el mundo sería aburridísimo.

Para el eminente científico Albert Einstein —a quien por mucho tiempo consideraron subnormal por su aura silenciosa y tímida— “todo el mundo es un genio; pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, pasará el resto de su vida creyendo que es un idiota”.

Si “el diferente” se rige por las normas que dicta la razón, el entendimiento, las leyes jurídicas y de convivencia siente agredido e invadido su espacio por quienes se empeñan en tornarlo de otra manera. “Déjame tal como soy”, parece clamar el asediado por reformadores empíricos de personalidades diferentes a las suyas, inexplicándose por qué pretenden convertirlo en “otro(a)” sin que “el otro (a)” acepte su diferencia.

El maltrato psicológico, con todo lo que este acarrea de humillaciones, menosprecio y sufrimiento —infringido consciente o inconscientemente—; el acoso y hasta la crueldad, abrigan sutilezas entre los arquitectos y organizadores de la conducta ajena. Solo basta arrancarles el disfraz.

miércoles, 16 de julio de 2014

Una trampa que salva



  Cuando se apodera del escenario y emite la primera nota, Ivette Cepeda deja al auditorio suspendido en el espacio; unifica las edades, se vale de una habilidad indescifrable para encontrar un denominador común y expandir una inteligencia musical reservada solo para figuras que ya sobrepasan la leyenda.
  No existe género popular que se resista a su voz de timbre insólito, amplio registro, potente y clara, que sabe mezclar con una proyección escénica emotiva y sin artificios.    
  Experta en la fusión de ritmos de cualquier latitud, volvió este domingo al teatro Tomás Terry de Cienfuegos, y a los cienfuegueros que saben encontrar dónde está lo bueno. El Festival Boleros de Oro abrió un espacio para este concierto, que, no sin nostalgia, ahondó en la prevalencia de su espíritu.
  Acompañada por el grupo Reflexión,  sobrepasó la emotividad de la bolerística más auténtica en piezas del repertorio clásico de ese género, con una tesitura pulida y abundante en matices, que maneja a su antojo sin el más mínimo recato.
  Lució maestría en piezas clásicas de Martha Valdés, Bola de Nieve, Juan Formell, entre otros, y ese himno obligado en cada concierto y devenido indispensable en su voz, al que Orlando Vistel titulara Si yo hubiera sabido; en tanto se desdobló experta en rescatar y a la vez concretar el embrujo perdido del intérprete dentro del panorama de la música cubana.
  Ivette Cepeda tiene boleto seguro para invocar  lo emotivo, deslumbrar al auditorio y arrastrarlo a una trampa salvadora de la que no se sale después de haberla escuchado. Es este un motivo suficiente para que no le quede otro remedio que regresar a Cienfuegos, una y otra vez, para hechizar a quien le escucha con la  habilidad con que desparrama su torrente vocal y una clase congénita, difícil de imitar en los tiempos que corren.

martes, 20 de agosto de 2013

Toledo, desde lo afectivo

Imagen recurrente aquella, rodeada del humo de un cigarro con aroma a tabaco rubio y la mirada sabe Dios dónde, como buscando respuestas a una eterna maraña filosófica la de este hombre parsimonioso y de escasas palabras.
Gabriel Toledo Toledo terminó sus días este 18 de agosto tras siete décadas de paso por la vida y haber sido reconocido por sus colegas de la prensa como un camarógrafo fundacional.
Quien lo vio activo en sus últimos tiempos con una moderna cámara al hombro al acecho de la noticia, tal vez no lo imaginó con aquel artefacto primitivo y obsoleto ya, con que comenzara a gatear por el mundo de la imagen: una camarita para películas de 16 milímetros, ahora propia de un museo, con la cual filmara acontecimientos gigantes.
Prueba de fuego, literalmente hablando, y tal vez la de mayor aspereza, resultó su ejercicio como corresponsal de guerra cuando Angola ardía en uno de sus más tórridas circunstancias. Mientras en pleno combate las armas escupían metralla, filmaba imágenes para la posteridad y se preguntaba si habría otra oportunidad para salir con vida, Rina, la esposa, disimulaba la angustia y Yumara crecía en su vientre.
Solo quienes lo conocimos de cerca y a fuerza de preguntas provocadoras amparadas tras la familiaridad y el afecto de tantos años de lidiar juntos con el oficio del periodismo fuimos capaces de saber lo que escondía el hombre, casi un artífice de la modestia enmascarada en apariencia enigmática.
Por eso no estoy en capacidad de detallar su paso por la Lucha Contra Bandidos cuando apenas se le escapaba la niñez, las jornadas de vigilia en cada trillo del Escambray; el anecdotario que acumuló como trabajador de la televisión, el racimo de condecoraciones que ganó silenciosamente en su andar por esa existencia abundante de aconteceres, su magisterio en el tratamiento de la imagen, el talento para armar versos en décima para rendirle honores a su origen campesino... cuánto más, no sabría añadir.
Seguro no se avergonzaría o me perdonaría se falto a su deseo, si hago público que cuando restaban poco minutos para que el oxígeno no diera remedio a sus maltrechos pulmones y presintiera en final, pidió a Rina que lo levantara, lo sentara frente a las puertas abiertas del balcón y pidiera al cielo que se terminaran las guerras y la maldad del mundo.
Toledo merece otra mirada; una mirada desde lo objetivo y no solo una crónica (esta crónica) de alguien a quien se le escurrió el oficio para escribir desde lo afectivo a riesgo de ser incomprendida y tachada de olvidadiza. Pero no me queda de otra Toledo, aquí va mi crónica, desde el sentimiento todo, y lamentando no ser poeta para evocarte en imágenes

lunes, 25 de febrero de 2013

Los cubanos dicen…

El uso de los llamados “dichos” o “dicharachos”, dentro del lenguaje forma parte de la comunicación entre los seres humanos. Los cubanos no están ajenos a tal fenómeno y pudieran aportar todo un tratado en la materia. No importa dónde estén, cuál sea su procedencia, formación académica, cultura o estrato social. Pudiera considerarse como una característica inherente a la nacionalidad, de fuerte arraigo en el habla popular, y de alguna manera constituye algo así como un gen común cuando del idioma se trata.


Aun cuando estas herramientas idiomáticas no estén presentes permanentemente durante una conversación entre personas nacidas en la isla caribeña, existe algún momento en el cual hacen su aparición por cualquier motivo. Casi siempre son simpáticos y detrás de ellos existe una historia que los sustenta y justifica. Aquí van algunos de ellos, bastante extendidos y que la generalidad entendería como aparece consignado entre paréntesis:


Es calcañal de indígena. Camina con los codos. (Es tacaño)

Dale pirey (Bótalo, dile que se vaya, elimínalo)

Eres más rollo que película (Eres tremendo alardoso)

Saca el cloche y desembucha (Déjate de rodeos, concreta y habla).

Es mala chicha. (Es mala persona)

Hoy tiene el moño virado. (Está de mal humor)

Es novenero (a). Lo mismo apunta que banquea (Es bisexual)

Cantó el manisero. (Se murió)

Le cayó comején al piano. (La situación se puso mala por cualquier motivo)

Está quimba’o. (Está demente, enloqueció)

Empina el codo: (Es adicto al alcohol)

Tiene tremendo desamparo textil . (Está escaso de ropa)

Se da lija. (Se cree importante)

Es bambollero . (Presume de lo que no tiene)

Se hace el largo. (Se demora en cumplir con algo o alguien)

Metió la pata (Se equivocó)

Se mantuvo en sus 13 ( Permaneció intransigente)

Estar en la fuácata. Estar bruja (carecer de dinero.


Hay más, por supuesto, y las condiciones propias de la vida, el desarrollo tecnológico, otros avances y circunstancias, aportan lo suyo en este fenómeno sobre el cual seguiremos tratando.



Una transfusión de sangre para el dolor de muelas

No pude evitar escuchar la conversación, y quedarme de piedra ante las propuestas que el paciente le hacía el estomatólogo. Quizás no estuvieran desacertadas sus sugerencias, pero resultaba insólito el irrespeto hacia la capacidad del galeno. Tal vez el profesional de la Salud pudiera haber pensado qué hacía aquel “dechado de sabiduría” en su consulta; suponer algo así como “él quiere que lo cure, pero me considera un inepto”, o en su perplejidad ante tanta igno/arrogancia, esperar a que le solicitara una transfusión de sangre para el dolor de muelas.

Es una muestra de cómo los cubanos (¿o los humanos?) seguimos pensando, y convencidos, además, de que nos las sabemos todas. Conocemos de medicina, de pelota, política, economía, leyes, religión, arte, sociología, semiótica, filosofía, ¡epistemología! ...y también de periodismo.

Lo peor es que casi siempre creemos tener la razón, mientras pasamos por encima de las razones que tienen los expertos para obrar de una manera u otra, según su competencia. Imagine que cualquier “iluminado” de tal naturaleza trate de orientarle a un ingeniero civil cómo levantar un puente o a un astronauta el modo de bojear la luna.

Quien suscribe solo podrá ilustrar experiencias en lo concerniente a la prensa, y le sobran ejemplos para demostrar que en esta ínsula, la mayoría está convencida de tener algo de periodistas. Durante décadas en el ejercicio pude haber anotado cada una de las “orientaciones” provenientes de los colegas empíricos; algunas con sustento; otras salpicadas de dudosas intenciones y con más dobleces que un abanico de papel; las demás centradas en el concepto de que el periodismo es el azote de la sociedad y casi la totalidad (conciente o inconcientemente) indicando SOBRE QUÉ y CÓMO debe escribir un periodista, en postura irrespetuosa hacia la profesionalidad, la capacidad intelectual, el discernimiento para elegir el modo de ejercer su oficio.

“Y…¿ porqué no escribes que Tal establecimiento lleva 10 minutos de retraso en abrir, a ver…? Mi tolerancia (también mi paciencia y la costumbre de escuchar lo mismo de lo mismo) me impidió responderle con preguntas, como por ejemplo, si estaba convencido (a) de que el “mega acontecimiento” en cuestión pudiera interesarle a la prensa; si ya agotó los caminos con el administrador del centro, la dirección del sector al cual pertenece y otros canales para encontrar una respuesta o una solución al asunto. Y… ¿por qué no dices que…? Y… ¿por qué no comentas sobre…?. ¿A que no te atreves a contar ahí…? O también: “ponle un título así grande donde se lea… “

Todavía peor es la insistencia de: “ven y mira esto para que lo ‘saques’ en ‘TU’” periódico. Tal vez no sean capaces de pensar siquiera, que puedo estar faltando a la ética si me introduzco donde no debiera; pero tampoco lo haría porque no me motiva el tema; no me interesa; no clasifica como oportuno; lo considero un reverendo disparate; no se ajusta a la línea editorial de “MI” periódico,…Hay muchas razones más que el preguntador/ sugerente debiera plantearse, y se las voy a dejar como tarea.

Personalmente, prefiero ciertos temas, y dentro de ellos abordo, trato y planteo los que yo quiera. Nadie me ha obligado nunca a escribir lo que no deseo; aunque haya algunos que lo pongan en duda. La ignorancia sobre la prensa cubana e internacional no es patrimonio exclusivo de unos cuantos, abunda bastante por ahí.

Todo lo anterior para llegar a este punto: A quienes me cuestionan con insistente insistencia el motivo por el cual no critico la telenovela cubana que pasan en la actualidad, les debo una respuesta sencilla: no estoy en condiciones de lastimar mis neuronas. Santa María del Porvenir, estaría llena de buenas intenciones cuando fue concebida, pero acerca de ella nadie verá una letra de mi parte. De soslayo, puedo aclarar que tampoco lo haría con la puesta argentina de las tres de la tarde (cruelmente retransmitida a las once de la noche) e ideada para cerebros de un solo carril.

Hace unos meses y cuando aún estaba por concluir, ejercí mi criterio sobre Passione, aquella telenovela brasileña antecesora de la actual, cuyo título (el de mi comentario) hacía referencia a bostezos y vergüenzas…, y después de verla completa ratifico la opinión de entonces. Válida, pues, para los abarcadores e iluminados todos, una conocida sentencia: “Zapatero, a tus zapatos”, o esta otra, perteneciente a una canción infantil antigua y casi desconocida ya: “Antón, Antón pirulero, cada uno entiende su juego…”.

domingo, 24 de febrero de 2013

Atrincherarse

Le escuché el término a una estimadísima colega hace unos años, y quedé convencida de que constituye una metáfora más sensorial que literaria, y enuncia en sí misma un concepto, un modo de asumir la realidad, una filosofía de vida. El súmmum de lo ilustrativo.

Atrincherarse, figurativamente hablando, no es tanto defenderse de algo o alguien; tampoco esa zanja defensiva que permite disparar a cubierto del enemigo. Es permanecer en un estado de terquedad impenetrable imposible de variar ni con las más acendradas y fundamentadas razones acerca de una idea, opinión, juicio o creencia preconcebidos de antemano.

Una sola palabra, o para ser más puntuales, “ese verbo reflexivo”, puede definir cómo alguien es capaz de plantar bandera a como dé lugar sin escuchar argumentos; despreciar la lógica, el raciocinio y sobre todo, el entendimiento. Es persistir y regodearse en el error a pesar de lo obvio, y desde esa posición armarse hasta los dientes de tozudez a ultranza y disparar en redondo con calibre grueso y en cualquier dirección.

Los atrincherados tienen un temperamento común que en ocasiones no es explícito, pero se intuye que detrás de sus máscaras (todos los humanos de alguna manera las llevamos) hay escondida una bazuka presta a vomitar fuego: “Yo siempre tengo la razón y nunca estoy equivocado”; “Ni se te ocurra tratar de convencerme de lo contrario”; “No malgastes saliva, pues mi criterio es el que vale”; “ Si estás creyendo que sabes más que yo, te voy a demostrar lo contrario y te vas a quedar en esa…”

Intentar un acuerdo, es poco menos que un acto de lesa ofensa para quienes detrás del hoyo empedrado e imaginario donde se encuentran agazapados y armados hasta el pelo, esperan a la defensiva la aparición de una reflexión juiciosa, cuando esta última no es coincidente con las suyas. Si el atrincherado tiene ciertas ventajas sobre el adversario, no hay ni que enfrentarlo, mucho menos convencerlo; el primero vencerá sin que medie más que una mirada con la cual podrá expresar sin palabras: “!si-len-cio!”.

Hasta los niños se atrincheran; pero a ellos, faltos de experiencia, y muchos cargados de abundantes dosis de malacrianza y otras lindezas, pueden hasta quedarles graciosas ciertas posturas de terquedad defensivo/vanidosas. A los ancianos, por su parte, no queda otra que perdonarles tales actitudes, aun cuando el campo de batalla sea una cola, donde algunos son expertos en el enredo para sacar provecho de la situación. Los años vividos, con sus dulces y sus amargos, les otorgan esa prerrogativa, y nada mejor que “hacerse de la vista gorda” con ellos.

Pero al resto, poco los justifica. Son responsables del deterioro de las relaciones humanas; de variar la opinión respecto a su persona cuando los descubrimos detrás de una trinchera de obstinación injustificada. Entorpecen el entendimiento, dejan de fluir las comprensiones, se interrumpe el diálogo que mueve a la perfección y el progreso.

Son el conocimiento, el crecimiento humano, el desarrollo, el intelecto, la inteligencia y el raciocinio los mayores perdedores en esta batalla, o mejor, quienes se empeñan en cerrarles el paso a lo evidente. No vale para este tipo de pose la frase martiana de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, porque no hay que ser un genio para percatarse de que no se trata de las mismas trincheras. Las del Apóstol, las de los humanos con juicio, madurez sicológica y emocional, están del lado opuesto.

Resulta casi un desafío atrevernos a ser sabios y sumergirnos en las trincheras filosóficas del más universal de los cubanos; a deponer armas inútiles; asumir el diálogo con inteligencia y situarnos del lado de los grandes de pensamiento y sentimiento, apegados a quienes fundan y crean, seducidos por la certeza de que abrir la mente a la tolerancia no menoscaba la dignidad, sino abre espacio a la sabiduría, la experiencia, el ennoblecimiento, la generosidad y la riqueza de espíritu. .

jueves, 19 de abril de 2012

Cubano de las grandes causas, ¿dónde escondes las pequeñas?



  No sé si habrá en el mundo humano más humano que el cubano…, con redundancia, cacofonía y todo. Capaz de desgarrarse en obras por el bien del prójimo, que a un desconocedor de la idiosincrasia de quienes nacimos en esta ínsula, dejaría atónito. Uno de esos titanes, es el colega José Alejandro Rodríguez, capaz de escalar a la cima de lo imposible desde su columna Acuse de Recibo en el periódico Juventud Rebelde. Sin cansancio, Pepe se entrega completo, indaga, denuncia, critica, se desgarra en sentimiento, pasión y gestiones …¡resuelve…!, pero es preciso ver cuántos hijos de esta tierra lo siguen y respaldan en su cruzada.
  Una madre le escribió hace poco para denunciar el maltrato recibido en cierta unidad de salud en una provincia oriental y la desatención de su niño inmunodeficiente, después de un azaroso viaje de 60 kilómetros. Al leer la queja, aparecida en la edición digital de JR, un médico criticó la actitud de su colega, se brindó desinteresadamente para atender al paciente y detalló dónde podía ser localizado para ello. En la capital, una persona brindó su casa para que el enfermo fuera tratado allá.
  Es esa sección una especie de espejo de cuanto somos capaces, nosotros, los cubanos; los adalides de las grandes causas, pero también los paladines de la mezquindad cuando de causas menores se trata.
  Detesto (como pretenden algunos) culpar a la mezcla de sangres en este defecto que nos sume en un pantano de miserias humanas. O, sea, la reunión de genes españoles, africanos, chinos y demás, que ha convertido a la picardía en una filosofía en gran parte del temperamento nacional.
  Capaces de dar sangre y vida por cualquiera, esos mismos, pueden actuar con tremendo cinismo cuando de perjudicar a otro se trata, ya sea para obtener un beneficio mínimo, que para quitarse un problemita de encima y echarle la culpa a un inocente. Hay expertos en este ejercicio.
  Los débiles, tal vez los más decentes, los menos agresivos o bien intencionados, (usted tiene toda la libertad para añadir adjetivos) salen perdiendo en la jugada, quizás por aquello de que pretender un enfrentamiento con la casi siempre prepotente contraparte, le puede ocasionar consecuencias sin límites…, porque hasta la violencia puede aportar lo suyo aquí.  La fatídica frase de “lo mío primero” añade vitriolo a la cuestión y catapulta el individualismo hasta la estratosfera.
  Tal fenómeno es diverso y pluriambiental… El cubano de las grandes causas se convierte en un canalla cuando llega a una cola y en el mejor de los casos le dice a quien está comprando: “sácame ahí…”,  porque puede ser peor si se cuela o pone malo el entorno para extraerle provecho a la situación. ¿Y el respeto que merece el resto de la fila que aún espera por su turno? Bien, gracias.
  El cubano de las grandes causas puede volverse un ratero tras un mostrador mientras le sisa unos centavos al cliente “porque no tengo vuelto”; saca la cabeza por la ventanilla de la guagua para que la embarazada siga de largo y resuelva su problema en otro lugar; le agrega mayor cantidad de agua al refresco que cobra como de primera; con un pase mágico deja la bola de helado hueca; le “tumba” media libra a la mercancía que oferta; se hace el bobo para no reparar el daño que le causó a tu casa cuando construyó la suya; barrió para tu patio la basura que limpió del suyo; es incapaz de reconocer cuándo el producto que expende no cumple con los parámetros de calidad mínimos; esconde las zanahorias podridas dentro del mazo donde hay algunas sanas; madura a puro carburo la mano de plátano, so pena de expandir el cáncer como pandemia para echarse dinero rápido en el bolsillo; le desgarra el prestigio a “ese atravesa’o”…
  ¿Sigo? Para qué. Me parece estar viendo a ciertas víctimas asentir mientras leen esto; a los pícaros esbozando “una cierta sonrisa” (con la venia de Françoise Sagan); a los pesimistas afirmando: “eso no tiene remedio”;  y a los optimistas, apostando fuerte para que los cubanos no dejen de ser jamás los campeones de las grandes causas y saquen las pequeñas del escondite.









sábado, 3 de marzo de 2012

Se queda en el aula la educadora eterna

De no haber partido este 29 de febrero, bondadosa y humilde, como  transcurrió su vida, quienes la conocimos pudiéramos concederle sin temores el atributo de la educadora eterna.
Más de siete décadas ante las aulas, sin otro interés que no fuera el gusto más puro por enseñar, resultan suficientes para ganar ese título que le otorgaron al unísono varias generaciones de cienfuegueros, a quienes entrenó en el arte de las letras y los números.
Gladys Adelaida Bradley Ballina nació en 1922 con el talento y la vocación de maestra ungida de rigor ignaciano, sonrisa inagotable y paciencia a toda prueba. Desconocía el enojo frente el alumnado, tal vez por el hecho de que los "muchachos me hacen vivir", como comentó en cierta conversación o porque le fascinaba su oficio de hacedora de gentes, y a su modesto decir, no sabía otra cosa que dar clases.
Fue el 1ro. de octubre de 1940 cuando recibió la prueba de fuego como pedagoga pertinaz, y en 1988 creyó que había llegado la hora del retiro. Pero la casa le quedaba grande, ansiaba el bullicio escolar como vitamina para el espíritu y le rejuvenecía saberse útil otra vez. Por eso acudió al llamado de reintegrar a los educadores jubilados a la Enseñanza Primaria, y allá fue, con la emoción del principiante y el júbilo de quien comienza de nuevo.
El trayecto desde su casa hacia la Escuela Primaria Guerrillero Heroico, de Cienfuegos, adivinaba su presencia en cada paso, día tras día, de ida y de vuelta, bajo el calor más tórrido, el benévolo frío caribeño o la lluvia, que recibía caminando despacio, sin sombrillas u otro artilugio protector.
Descubrí que prefería el olor de los materiales escolares a las flores, cuando con la naturalidad que otorga la sabiduría misma, hablaba un poco en broma y otro en serio,  sobre la posibilidad de abandonar el mundo de los vivos en cualquier oportunidad: "Cuando me muera, quisiera una libreta y un lápiz sobre mi ataúd".
De modo que no habrá tristeza por una partida que se nos antoja irreal, ni obituarios que abarquen toda su nobleza, ni despedida capaz de borrar su imagen entre quienes la conocimos y la conocerán en lo adelante.


Seguirá Gladys ahí, tras una nube de anécdotas inolvidables, en cada aula, andando y desandando el camino entre el hogar y la escuela, como la educadora eterna.

viernes, 3 de febrero de 2012

¿Histerectomía por vía endoscópica en Cienfuegos? Sí, y con éxito

Emma Sofía MORALES
Fotos: Alexis Pire Rojas


… dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Miguel Hernández



El Doctor Alberto Jorge Fernández,

jefe del Grupo Nacional de Cirugía
Endoscópica Ginecológica



A punto de salir en estampida del quirófano y con el pánico estrujándole la garganta, la paciente se abandonó al equipo de expertos que le practicaría una histerectomía total por vía endoscópica, la de mayor complejidad entre las realizadas por ese proceder en la rama ginecológica. Cirujanos, anestesiólogos, personal de enfermería especializado se alistaban para intervenir. Piernas vendadas para evitar trombos,…vena canalizada…, mesa
de cirugía…, careta de gas… Luego, la nada…

El Doctor Alberto Jorge Fernández parece no tener prisa nunca y toda la paciencia acumulada en una sonrisa. Se mueve seguro, reconoce, explica, detalla, esclarece dudas y rezuma confianza mientras ejerce su profesión. Para este especialista en Ginecobstetricia desde hace dos décadas el reloj pierde su oficio cuando se dilata el número de mujeres que demandan su pericia, y si de cirugía ginecológica por mínimo acceso se trata, su nombre suena alto en Cienfuegos y más allá de sus fronteras. Traspone el umbral del quirófano como si de un santuario se tratara, dispuesto a ejercer un acto sagrado. Y sin dudas, lo es.

El pulso, la mente y el corazón puestos en la técnica que maneja con destreza de ilusionista y todo el arte de quien tocara un instrumento de cuerdas. Ahí está agazapado todo el enigma.

Todavía hay quienes se asombran cuando conocen que el útero puede ser extirpado en su totalidad por técnica laparoscópica, alternativamente con el método tradicional o laparotomía; pero para el también jefe del Grupo Nacional de Cirugía Endoscópica Ginecológica, tal intervención no esconde el menor secreto. Tampoco lo es el hecho de que esta provincia es la única fuera de la capital en realizar con éxito esa práctica desde 2004. Y eso, constituye un privilegio.

“Existen múltiples causas para efectuar una histerectomía: cáncer del cuello cérvico uterino o del endometrio, miomas o fibromas, entre otros, explica Jorge Fernández. Para las de este tipo se aplica anestesia general y de modo laparoscópico el cirujano realiza su trabajo. Tiene la ventaja de ver en la pantalla el campo quirúrgico aumentado 20 veces su tamaño. Finalmente, el útero es extraído por vía vaginal.

La mayoría desconoce que los beneficios de esta técnica con respecto a una operación con el abdomen abierto sobrepasa a esta última con creces.

“Sí, en casi todos los aspectos, porque las complicaciones o no existen o son mínimas. El hecho de no reportar ni una sola fallecida por esa causa demuestra que es un método muy seguro. Se reduce la agresión biológica al minimizar el acceso al área quirúrgica, evita la aparición de adherencias abdominales, disminuyen las complicaciones transoperatorias y postoperatorias, y desde el punto de vista estético resulta mejor. A esto debo agregar que el tiempo de recuperación es menor, y el sistema inmunológico sufre poco al ser pequeño el proceso de cicatrización. La única desventaja con respecto a la otra práctica es que es mayor el tiempo de duración”.


Pero visto desde lo económico sigue a la delantera con respecto al método tradicional.

“Por supuesto, porque ha de tenerse en cuenta que la paciente no necesita ser hospitalizada con anterioridad, ni requiere de una preparación previa dentro de la unidad de salud; se abrevian los índices de estadía hospitalaria, la cual no rebasa las 24 horas después de la operación; disminuye la utilización de material gastable, como sutura, transfusiones sanguíneas y también el uso de antibióticos, pues es casi inexistente el riesgo a contraer algún tipo de infección”.

Presupongo dónde radica la mayor tensión para una paciente que será sometida a una operación ¿y para el cirujano?

“El momento más difícil es el que antecede a la cirugía, sobre todo cuando no hay total claridad del diagnóstico, pero está otro que recompensa cualquier inquietud: la satisfacción de ver a la paciente recuperada.

Abrió los ojos y esperó con resignación el dolor postoperatorio que por lógica debía llegar y nunca llegó, ni las molestias imaginadas, mientras el tiempo transcurrido desde la intervención le pareció demasiado corto cuando el Doctor Alberto Jorge le indicó: “siéntate, camina, tienes dieta libre, en una semana retiraremos los 4 puntos y nos vemos dentro de 45 días para una reevaluación. Ya estás de alta”.




viernes, 10 de diciembre de 2010

DEL MAGISTERIO A LA LEYENDA


Cuartero, el director del Pre

Por: Emma Sofía Morales

Habrá quienes impugnen sus métodos, mientras otros los sigan venerando tras el muro de años que separa al presente de lo que fuera el Instituto Preuniversitario Urbano Jorge Luis Estrada de Cienfuegos, pero es difícil que quien estuviera bajo su égida pueda olvidar a Rolando Cuartero.
Con una imagen bastante apegada a la del actor norteamericano Morgan Freeman, alto, delgado y de voz rajada, de impecable porte y personalidad de nervios recios Cuartero retorna desde lejanas reminiscencias con soplos de Quijote tropical hasta la contemporaneidad, deshaciendo entuertos en el escabroso oficio de moldear gente y fundar procederes poco ortodoxos en materia de enseñanza.
Si no, cómo entender que el alumnado le tuteara, aun cuando el respeto que sudaba junto con la camisa fuera capaz de paralizar con la mirada a una masa de hormonas inquietas e ideas plurales, decir “!cariño!” donde debía estar una reprimenda ejemplar, dejarlo claro todo con solo poner su mano sobre el hombro del transgresor o incrustar un vistazo penetrante y fijo, suplente infalible de las palabras, ante una infracción escolar. Logró así establecer un código de entendimiento recíproco, de esencias implícitas y silencios sobreentendidos que no necesitaban de derechos de autor para reconocerlos como suyos.
Anécdotas hay que lo convirtieron en leyenda, le agregaron fábulas más cercanas al mito que a lo veraz y legitimaron con una especie de tradición oral la certidumbre de hallarse ante la evidencia de lo cierto.
Quién no escuchó decir que Cuartero irrumpía de repente y rescataba a cualquiera de “sus muchachos” de la sala oscura de un cine, del bar de un reconocido hotel donde expendían junto con la elegancia limonada de a peso o de una fiesta de barrio, para sumergirlos en libros y libretas. Quién pudiera afirmar con precisión dónde empiezan y dónde terminan lo real y lo imaginario que le imputaron notoriedad pedagógica entre generaciones enteras de cienfuegueros., que por encima de otra cosa le agradecen haberles enseñado a estudiar y aprender.

Echó mano a la autoridad y la habilidad para llevar durante años al “Jorge Luis Estrada” a los primeros lugares entre los centros de su tipo en el país, ganarle juegos de baloncesto a quienes estuvieran dispuestos a retar al equipo del plantel, hacer cantar apasionadamente a todas las voces de la escuela, dotadas y no dotadas, en un acto masivo en el parque Martí, fraguar obras de teatro para los festivales de la FEEM, y blandir sin flaquezas un sistema formativo estricto y sin fisuras, que hoy día rinde frutos en cientos de profesionales, cincuentones ya. Quiénes de ellos pretenderán sin éxito escapar de la nostalgia ahora…
Cuántos reconocen hoy que le deben un código de valores sustentados en la decencia, el respeto y la vergüenza ejercido desde la autoridad y el liderazgo, repartido sin fatigas con mano firme y segura.
Inevitable encontrar a Cuartero, Hijo ilustre de Cienfuegos, en otros seguidores, cuando hoy el esmero por empujar los valores que se cocieron en “su Pre" rejuvenecen en los actuales preuniversitarios urbanos, alguno de los cuales podría llevar su nombre, retomados desde la cordura (situaciones económicas aparte) por mentalidades preclaras, encarnadas en la continuidad de sus directores, armados de razones, criterios y pasiones en el arduo camino de componer caracteres de bien, herederos del mismo sentido de unidad y pertenencia que le conocimos a Cuartero treinta años ha.
Después de más de ocho décadas de vida y un robusto historial como maestro, director, asesor de nacientes empeños, Cuartero se “fue tranquilo, se fue despacio” en el mayo de 2002, mientras dejaba tras sí multitud de pareceres, pero no indiferencia, porque fue un hombre coherente, consecuente consigo mismo y con su tiempo, soñador empedernido, legionario inveterado, hacedor de gente, optimista, capaz de signar vidas sin desganas ni perezas.




Antiguo preuniversitario Jorge Luis Estrada, actual Escuela Provincial de Arte Benny Moré.


Su mayor enseñanza, la que enarboló como filosofía práctica: aplicarse con tenacidad para atrapar los sueños y desgarrarse las manos en el intento de llegar a la cima. Una lección de vida, el modesto cartelito en la pared del salón de profesores con la sapiencia de Ho Chi Minh: “Nada es difícil, la dificultad está en que el corazón no persevere, hombres firmes y resueltos arrasan montañas y colman mares”. El legado mejor, aquel que dominaba su oficina en frase que tomó del Apóstol: “Solo en el cumplimiento triste y áspero del deber está la verdadera gloria”.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El disparate no es un estilo

Basta contar con un mínimo de raciocinio para darse cuenta que las leyes, normas, disposiciones, regulaciones y otros sinónimos que pudieran engrosar la lista, se hicieron para ser cumplidas. Las de la Real Academia de la Lengua, también. Hay quienes piensan lo contrario y dejan las que rigen el idioma al libre albedrío, o las consideran una suerte de hermanito bobo. Quiere esto decir en buen cubano, “hago lo que me da la gana”.
Traten esos mismos de violar lo establecido en el Código Penal, y ya verán lo que les espera. Claro, el riesgo no es el mismo, porque en este caso el infractor pudiera parar en Chirona, pero si de violar lo establecido por la RAE se trata, los transgresores no pasan de quedar como ignorantes, estúpidos o en el mejor de los casos, ridículos.
Las recientes regulaciones de la RAE en torno a la lengua han destapado la caja de Pandora y propiciado un revuelo que no merece. Desde que el Castellano es tal, se habla y escribe, ha ido evolucionando. De no ser así, aún nos comunicaríamos en el estilo del Arcipreste de Hita. Pudiera estar alguien o no de acuerdo con este o aquel cambio, pero la Academia es la que sigue dictando lo que ES y no ES. Lo demás ES pura porfía. De modo que si los sesudos de la real institución decidieron que guion no requiere tilde y usted se la pone, está cometiendo falta.
Es el uso el que impone la norma, siempre y cuando el hecho lo justifique, y la RAE terminará aceptándolo. Para ello cuenta con académicos y expertos que saben lo que se traen entre manos. Quienes se empeñan en ignorarlos o persisten en el invento lingüístico bajo desacertados pretextos estilísticos seguirán debatiéndose entre el desentendimiento y la burla.
Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo recomendaba en el último encuentro nacional de la crónica celebrado en Cienfuegos no rehuir un texto por no comprender lo expresado, “en vez de agradecer la posibilidad de regalarnos nuevos significados”, o de lo contrario, “todo estaría regido bajo signo de las 30 palabras (…) y entonces no habrá ni literatura, ni periodismo, ni crónica ni nada” Tiene toda la razón. Lo establecido, lo que existe, lo estipulado, aun cuando sea desconocido para el receptor es válido y quien muestre interés correrá a buscar significados para aumentar su bagaje; pero de ahí a lo otro, o sea, de lo incomprendido a lo impunemente inventado, va un trecho infinito.
En mi carrera como filóloga y periodista he encontrado lindezas dignas de un glosario, innovaciones merecedoras de un tratado humorístico, disparates miles en boca y pluma tanto de reconocidos como de neófitos. Lástima que la mayoría tengan voz en medios de comunicación y enarbolen el dislate en nombre de la cultura. Que me perdonen los aludidos, pero persevero en la máxima shakesperiana de que “el primer paso de la ignorancia es presumir de saber”. No es de extrañar entonces que al ver pisoteado el idioma me sienta una especie de Torquemada.
Aquí algunas de las joyitas más recientes. Le advierto que se puede enfadar con ellas o sorprenderse, y si en última instancia prefiere reírse, me busca y hacemos un coro: Ahí van tres lindezas: coberturar (se supone que sea brindar cobertura), epocalmente (de época, por supuesto) y experticidad ( aún estoy atónita ante esta maravilla que no me atrevo a comentar).
Prefiero padecer el síndrome de “las 30 palabras”, si éstas están convenientemente dichas, porque utilizadas como es debido lograrán su objetivo, pero cuando se impone el disparate ya cualquier cosa podría suceder y entonces no habrá ni siquiera comunicación, y volviendo a las reflexiones del profesor : “ ni literatura, ni periodismo, ni crónica, ni nada”.
Recurro de nuevo a la sapiencia de Luis Sexto cuando le aconsejó a alguien: “el disparate no es un estilo”. Definitivamente, los cántaros cuanto más vacíos, más ruido hacen.

miércoles, 9 de junio de 2010

La callecita, la matica de tomate y el cromosoma C

Eres deleitosa(…)como la palabra de
tu Apóstol.
(Dulce María Loynaz)


Emma Sofía Morales


A juicio de una colombiana residente fuera de su país, los cubanos que viven lejos de la Isla no acaban de realizarse como personas porque “no dejan de pensar en la callecita y la matica de tomate dejada atrás”. Según creí entender es algo así como un lastre atávico, una atadura perjudicial que los traumatiza de por vida y de la cual deben desprenderse.
Nunca indagué cuál era la filosofía patriótica de la colombiana, tampoco me incumbe, pero puedo inferir que no se parece ni remotamente a la de los hijos de este abundante archipiélago. Ante tanta inapetencia de la susodicha por el suelo propio, solo atiné a ilustrar que “la callecita y la matica de tomate” adquirían para los cubanos un alcance desconocido para ella: enamoramiento con el terruño.
Cuando damos el primer grito al salir del claustro materno, quienes nacimos en este cocodrilo pertinaz, quedamos signados por un hechizo fabricado de tantos nudos, que no nos alcanza la vida para desatarlos todos. Y lo mismo cabalgando sobre el lomo del cocodrilo, como sobre otros, perdura esa magia cuya clave permanece en el más enrevesado misterio. Desde los ascendientes de Hatuey, hasta quien está naciendo ahora en cualquier lugar de su geografía tiene un cromosoma no registrado por la ciencia en su mapa genético: el cromosoma C…, de Cubano. Personal e intransferible, imposible de eliminar, aun cuando como en todo proceso natural pudieran ocurrir accidentes con la consabida alteración de la secuencia de ADN y dar origen a un fenotipo patológico.
Para quienes tratan de dilucidar el fenómeno, tanto sentido del arraigo se asienta en cimientos fundidos al mismo centro de esta tierra, consistentes, inamovibles, asidos al fundamento del amor. Tanto, que no existe quien pueda convencer a la mayoría de los cubanos de que los 109 mil 722 kilómetros cuadrados de superficie natal no son el ombligo del mundo, porque quizás la geografía nos otorgó ese don, y lo hacemos sin arrogancia, presunción o altanería, en circunstancia tan espontánea como la sucesión de los días y las noches.
Cada cubano incorpora a sus sentidos el sentido de la insularidad y quizás sin darse cuenta lleva un árbol adentro. Aún es desconocida la morfología de sus raíces, pero la fortaleza es evidente, y por encima de todo, bien reconocida. Es un fenómeno de singularidad dentro de la inmensidad de pluralidades, incapaz de dosificar emociones que empujan desde el pecho para evitar que terminen robándoles el aire.
Dulce María Loynaz escribió su poema CXXIV sin proponerse, tal vez, echar algo de luz sobre este asunto de herencias largas e incontenibles, o quien sabe, si con el conocimiento de causa que le cabe a la poesía hecha persona. Acaso sea ella la emisaria de miles de voces incapaces de apretar los afectos en imágenes y metáforas, sentenciosas y cortas, tan explicativas como un tratado. Se unirán a sus decires, y asentirán cuando repasen los versos que colocan a Cuba como “ la antena de América”, la de “la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas”.
Faltarían pocos en esa ronda de clamores poéticos más cercanos a la plegaria que al grito, a la súplica más que al reclamo, al deleite más que a la melancolía: “Para el hombre hay en ti, Isla clarísima, un regocijo de ser hombre, una razón, una íntima dignidad de serlo”.
Siento pena de la colombiana, del desarraigo y la desgana con su suelo, porque jamás se deleitará con sus sabores y sinsabores, tampoco estará capacitada para deshilar la madeja del amor de los otros por la suya, y mucho menos vislumbrar que para los cubanos, Cuba es palabra corta de pasiones extremas, “un arco entesado que un invisible sagitario blande en la sombra y apunta a nuestro corazón”, ni apta para percibir lo que significa implorar desde lo impenetrable: “Isla mía, tenme siempre, náceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas…”.
Benditos la callecita, la matica de tomate y el cromosoma C.